Macri al Gobierno, Lagarde al poder

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La restricción externa volvió a mandar a la Argentina al Fondo / Dólar dependencia, el hilo que conecta el “pago serial” kirchnerista con el endeudamiento serial / Christine conducción / Volveré y traeré millones (de dólares de deuda).

La corrida cambiaria de estos días es la punta del iceberg, en la base del mismo están los desequilibrios de la economía capitalista dependiente argentina. Esta no es capaz de generar todos los dólares que demanda el crónico vaciamiento nacional que imponen los grupos capitalistas (de capital trasnacional y local) que tienen un peso dominante en la estructura económica nacional, accionar que viene de larga data y se mantuvo incambiado durante los años en los que los gobiernos kirchneristas pregonaban un ilusorio cambio estructural. Junto con la vorágine de la deuda pública, que pasó de la reestructuración de 2005 y el pago serial que la siguió a las emisiones (también seriales) de Macri sin que unos ni otros cuestionaran su legalidad, están en las raíces de la crisis con la que se chocó Macri. En esta nota dirigimos la mirada a estos elementos actuantes en el frenesí de la coyuntura.

El viento que todo empuja

Las últimas tres semanas de infierno desbarataron el plan económico con el que el Macri esperaba llegar a 2019. Lo que, sin mucho entusiasmo, el ex funcionario de Cambiemos Carlos Melconian llamó “Plan perdurar”. Ocurrió de manera violenta a través de una corrida que todavía no terminó y que el viernes puso el dólar por momentos arriba de 24 pesos (cerró a 23,79) y le costó al Banco Central (BCRA) más de USD 9 000 millones en reservas.

La tormenta perfecta que dejó al gobierno en una encerrona que lo obligó a anunciar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), fue disparada de manera inmediata por una combinación de elementos. Destacan la suba de la tasa de los bonos del Tesoro de los EE UU a 10 años por encima de 3 % que impactó sobre varias monedas, un impuesto que grava los intereses de las Lebac->. Y las sucesivas crisis políticas del gobierno desde diciembre, que volvieron a agudizarse con los tarifazos.

Pero si estos son los disparadores inmediatos, el elemento subyacente es que las condiciones de liquidez abundante que rigieron internacionalmente se empezaron a agotar en los últimos meses, y eso deja al gobierno de Macri con el pie cambiado. El gabinete no supo leer ese cambio de escenario, que se gestó rápidamente en los primeros meses de este año. Sí advirtieron que se encarecería el crédito este año por las subas previstas de las tasas de corto plazo de la Reserva Federal, y el ministro de Finanzas Luis Caputo atajó esa dificultad emitiendo serialmente en los mercados internacionales en los primeros meses del año. Pero el gobierno confió en que los “mercados” mantendrían una actitud favorable hacia su programa económico y seguiría abierta la canilla de capitales de corto plazo. Pero si en tiempos de liquidez abundante manda la avidez por los rendimientos y todos hacen la vista gorda a las “inconsistencias”, cuando el clima cambia los “fundamentals” que exponen la “sustentabilidad” de una economía son lo que manda. Y ahí, los números de la Argentina no cierran.

El año pasado el déficit fiscal, después de pagar la deuda, seguía en 6 % del PBI, el mismo nivel que tenía cuando Macri asumió, aunque ahora se achicó el déficit primario y creció el generado por el pago de servicios de la deuda pública. Para este año el gobierno proyectaba un déficit primario de 3,2 % (ahora lo bajó a 2,7%). Pero el costo financiero seguiría llevando el déficit final para este año a 5,7 %. Para el año 2019, las metas eran 2,2 % y 4,9 %, respectivamente. Este “gradualismo”, hay que destacarlo, no responde a que el gobierno no baje el gasto, como reclaman los impulsores de mayor austeridad. Lo baja, pero en simultáneo elimina o reduce impuestos. Eliminó las retenciones a las exportaciones, redujo el impuesto a Bienes personales (que paga apenas el 10 % de mayores ingresos, y cuya contribución a los ingresos tributarios ya era ridículamente baja antes de las disminuciones de alícuotas aplicadas por Macri), y para este año aplicó modificaciones en Ganancias para empresas y Contribuciones patronales, en este último caso con un esquema progresivo de recortes hasta 2022. Los beneficiarios fueron los empresarios y los estratos sociales de más altos ingresos, por montos que equivalieron a casi 2 % del PBI en 2017 (estamos hablando de $ 200 000 millones), y van a ser mayores este año.

Con las emisiones de este año, la deuda pública generada por el gobierno de Mauricio Macri supera los USD 100 mil millones, de la cual el 75 % fue en moneda extranjera. El incremento del endeudamiento fue de casi 50 % en sólo dos años, y aumentó 10 puntos porcentuales su peso en el PBI. El nivel de endeudamiento alcanza al 54 % del PBI. Además, la deuda contraída por el BCRA en Lebac como parte de su política monetaria, para absorber pesos, hoy alcanza $1,3 billones (casi USD 60 mil millones), otro 10 % del PBI.

Hubo señales que anticiparon la bajada de pulgar para la Argentina de estas semanas, y en ese sentido no fue un cisne negro. A mediados del año pasado, el país no logró acceder a la categoría de mercado “emergente”, quedando en la categoría de mercado de frontera en la que se encuentra desde 2009. Y en noviembre Standard & Poor lo había ubicado al país entre los cinco más vulnerables ante un deterioro de la situación internacional. Y en enero, dos empresas argentinas que se lanzaron en la bolsa de Nueva York vieron caer fuerte sus acciones desde el valor inicial en el que fueron lanzadas. Se trata de Central Puerto, la empresa de Nicolás Caputo, y Corporación América Airports del grupo de Eduardo Eurnekián.

Lo que empezó hace unas semanas como un giro de inversores hacia posiciones en dólares, se transformó en una pulseada más dura por el nivel del tipo de cambio. Y finalmente, con el gobierno perdiendo por goleada, terminó siendo mucho más. Ejerciendo su voto calificado, que a diferencia del electorado realizan diariamente y no cada dos años, los “mercados” desarmaron todo el plan del gobierno de acá hasta 2019 y lo obligaron a recalcular.

Restricción eterna

Los inversionistas de cartera, que ingresaron USD 70 mil millones en los primeros dos años de gobierno de Macri para disfrutar de la bicicleta de las Lebac o volcar fondos a operaciones bursátiles, expresaron en la estampida reciente no sólo una inquietud porque el Estado gasta más de lo que recauda, sino porque la economía argentina demanda más dólares de los que puede generar. Su cuenta corriente (saldo de exportaciones menos importaciones, y balance de servicios y rentas) es deficitaria en un nivel que llega a 5 % del PBI (USD 30 mil millones al año).

A esto se agrega una formidable fuga de capitales que los residentes argentinos giran al exterior. A pesar del blanqueo de 2016, la formación de activos de residentes en el exterior sumó USD 39 mil millones desde que asumió Macri.

Pero en ambos capítulos del balance externo, juega un rol clave el entramado de empresas y grupos económicos que constituyen la cúpula económica, entre las cuales las de capital extranjero adquirieron en los últimos 30 años un rol dominante. Las 500 principales empresas que releva el Indec concentran el grueso del comercio exterior (más del 80 %). Pero la gran mayoría de las exportaciones lo realizan poco más de 50 empresas, pertenecientes a los principales complejos exportadores: el sector cerealero y oleaginoso (Aceitera General Deheza, Vicentin, Molinos Río de la Plata, Louis Dreyfus, Nidera, Noble), la industria automotriz (en la que, en realidad, las ventas al exterior son más que compensadas por la importación de autopartes realizada por la mayoría de las firmas), el complejo Petrolero-Petroquímico (Pan American Energy, YPF, PBB Polisur, Unilever, Monsanto), la siderurgia (Siderca), minería (Minera Argentina Gold) y aluminio (Aluar). Son también los grandes demandantes de divisas, por importaciones, y por los giros de utilidades que realizan al exterior. Estas empresas tienen un verdadero monopolio privado del comercio exterior. Además de las transferencias de divisas declaradas, son habituales maniobras con créditos de casas matrices y sobrefacturación de importaciones para evitar impuesto y girar dólares.

Los grandes grupos nacionales, cuyo entrelazamiento con las corporaciones multinacionales se ha ido reforzando en los últimos 40 años, son también actores clave. La Comisión Especial Investigadora de la Fuga de Divisas en Argentina en el año 2001 de la Cámara de Diputados documentó que en las operaciones de los tres bancos extranjeros más activos en la fuga (HSBC, Citibank y Río) en ese año, la cúpula empresarial da cuenta de casi la mitad de los fondos transferidos al exterior por el sector privado no financiero.

En su libro Restricción eterna, Martín Schorr, Alejandro Gaggero y Andrés Wainer, esta estructura económica en la que un puñado de empresas extranjeras y nacionales determina los vaivenes de la economía, concentrando la apropiación de la renta nacional y determinando los flujos de divisas, fue algo a lo cual los gobiernos kirchneristas se acomodaron completamente. Mientras proclamaban que estaba en marcha una “transformación estructural”, este puñado de empresas siguieron reforzando su peso dominante y operando sin perturbaciones, y así fue como en 2012 el gobierno de Cristina Fernández se estrelló nuevamente contra el muro de la escasez de dólares. Hay que decir que esto ocurrió en un período que, de forma inédita en la historia reciente del país, contó con un signo positivo en el balance externo: de acuerdo al Balance cambiario del BCRA, desde 2003 el país acumuló un holgado balance comercial. El superávit del balance comercial sumó USD 165 mil millones durante todo el período kirchnerista. Pero esto se esfumó en fuga de capitales (USD 100 mil millones), y remesas de utilidades de empresas extranjeras (USD 24 mil millones). El pago de pago de intereses de deuda insumió dólares por otros USD 54 mil millones, para una cancelación total de capital e intereses que según Cristina Fernández sumó USD 200 mil millones entre 2003 y 2015. Un verdadero pago serial que junto con la sangría de recursos de la clase dominante explica la falta de dólares que el kirchnerismo buscó capear sin éxito con el cepo, dejando el pie el manejo discrecional que estos grandes grupos hacen de las reservas. Son las muestras más palmarias de que la soberanía y el fin de la dependencia eran solo discursivos.

Hoy con Macri, estos mismos grupos empresarios que se han visto ampliamente beneficiados por sus políticas de transferencias de ingresos, no han modificado por eso su comportamiento estructural. La sangría que realizan de la masa de riqueza que amasan explotando a la fuerza de trabajo en el país, ampliada con los beneficios varios que obtienen por transferencias otorgadas por el Estado, la ponen a buen resguardo en el exterior. Será que, como le ocurre al ministro de Energía Juan José Aranguren, la burguesía todavía no confía en la Argentina de Macri. O será que es lo que hacen siempre de todos modos, ya que hoy en todo el mundo la clase empresaria va a paraísos.

Como sea, la fiesta de endeudar al Estado para sostener esta sangría fue cortada de cuajo por la estampida de los especuladores. Que no objetan, obviamente, una transferencia de riqueza de la que son parte, sino que cuestionan que para sostenerla el gobierno no haya sido todavía más drástico en atacar otros capítulos del déficit fiscal y externo.

Atendido por sus propios dueños… virreyes

El “mejor equipo de los últimos 50 años” puso en juego las más variadas herramientas en las últimas semanas para enfrentar la corrida, logrando un rotundo fracaso. Habiendo decidido liberalizar completamente los movimientos de capitales, sin dejar siquiera un encaje que obligue a inmovilizar parte de los fondos que ingresan al país por un período, a lo que se sumó la extensión a 10 años del plazo para que los exportadores deban liquidar divisas, los únicos recursos fueron la tasa de interés de referencia y de las Lebac, y forzar a los bancos a vender parte de sus tenencias de activos en dólares. Y hablarle con el bolsillo a los inversores, prometiendo un recorte adicional del gasto de USD 3.200 millones para este año.

Ante el fracaso rotundo de estos desesperados intentos por ganar la pulseada, el gobierno pidió la asistencia de crisis. El ministro de Hacienda negó una crisis, y aseguró que el crédito “tiene que llevar tranquilidad a la Argentina”, en un país donde el FMI es sinónimo de los peores ataques sobre la clase obrera y el pueblo pobre. El FMI se ocupó rápido de desmentir a Dujovne, ya que la línea de crédito a la que el país accederá, Stand by, es la reservada para los países en crisis. Se accede a los fondos de forma escalonada, una vez verificado el cumplimiento de las metas que el gobierno deberá pactar con el organismo.

En poco más de dos años, el gobierno que marcaba por primera vez en mucho tiempo un país “atendido por sus propios dueños”, plagado de banqueros, gerentes y presidido por el heredero de uno de los grupos que crecieron mediante el saqueo nacional en los años de la dictadura del ‘76, tira la toalla. No hay Durán Barba ni Marcos Peña que pueda trazar una “estrategia comunicacional” capaz de frenar la corrida. Que maneje otro. Aunque no lo quieran, el gobierno debe apelar a una asistencia que le restará márgenes de decisión, ante el reconocimiento de su incapacidad para contener el desborde.

En su apelación al FMI, el gobierno apela a una especie de “garante en última instancia” para los inversores. Es un recordatorio del estatus subordinado del país en el concierto de naciones, que es un correlato ineludible de la dependencia estructural que enunciamos más arriba. Cuando los gestores del Estado argentino no pueden continuar administrando los desequilibrios que genera intrínsecamente el capitalismo atrasado y dependiente argentino, la apelación al comando del organismo internacional de crédito se vuelve ineludible. Esta “asistencia” la realiza cuidando los intereses de los acreedores y de los “dueños”, impulsando paquetes para que la crisis la paguemos el resto de la sociedad. Y por lo general, imponiendo medidas que terminan exacerbando los desequilibrios que supuestamente dicen atacar. Pero en el interín, permite ganar tiempo para que, cuando la cosa estalle, no sean los grandes capitalistas los que paguen las peores consecuencias.

En los países que caen (reiteradamente por lo común) en este tipo de “asistencia”, los representantes directos del capital financiero internacional y las multinacionales imponen sus medidas por fuera de cualquier proceso democrático, siquiera formal, evidenciando en esto los rasgos semicoloniales que caracterizan la integración de estos países en el mundo capitalista. Pos crisis de 2008, hemos visto cómo incluso países de la Unión Europea adquirieron algunos rasgos de este tipo. En Grecia se manifestó brutalmente, pero también en Italia, donde la “troika” impuso un gobierno técnico que reemplazó al desprestigiado Silvio Berlusconi que no tenía fuerza política para imponer el ajuste que reclamaban. En la Argentina el comportamiento virreinal de los enviados del organismo en los años ‘90 y 2000 fue mucho más descarado. No hay motivos para esperar que esta vez sea diferente.

El FMI, en buena medida, va a “obligar” a Macri a retomar varios aspectos del plan que quiso aplicar y archivó, forzado por la relación de fuerzas. Ya se anticipó que el organismo habría indicado al gobierno que deje flotar la cotización del dólar, algo que el gobierno buscaba evitar. De todos modos, mientras los días pasan, la cuestión va quedando saldada: a pesar de los intentos del BCRA, el dólar parece en flotación libre, y terminó la semana pasada con una fenomenal subida de 7 % acumulada en sólo 5 días. Con tarifas dolarizadas, y una inflación galopante (¿llegará a 30 % o más?), esta flotación sin control podría resultar incendiaria, pero ahora son los especuladores en el mercado, y quizá eventualmente el FMI, los que definen para dónde irá el dólar. No hay señales de la corrida se esté calmando, y en esto nada cambió con el anuncio del acuerdo con el FMI. El gobierno apeló al apoyo empresario, y obtuvo respaldo político para su plan armado de urgencia, manifestado en la declaración del G6 y la visita de algunos de los principales empresarios a Olivos, pero no obtuvo ningún compromiso de gesto “patriótico” de no aumentar precios ni nada por el estilo.

A las exigencias del FMI se sumarán, podemos preverlo, duros objetivos de ajuste fiscal (que podrían duplicar el esfuerzo de 0,5 % del PBI adicional que el gobierno anunció hace 9 días) y del déficit externo. El “dólar turismo” y “dólar ahorro”, que tanto denostaron varios de los hoy funcionarios cuando estaban en el llano, podrían estar de regreso en poco tiempo.

En ese sentido, estamos ante el fin obligado del “gradualismo”, aunque el objetivo del gobierno al acudir al Fondo haya sido negociar los términos en los que pudiera buscarse alguna continuidad del mismo. La relación de fuerzas que obligó a Macri a recalcular en varias oportunidades en estos años será un dato también para la ecuación de los tecnócratas del organismo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estos no se encuentran muy inclinados a hacer excepciones en sus exigencias a los países que acuden en su ayuda.

Tampoco puede descartarse que los medios estén ahora produciendo una campaña de miedo, exagerando lo que pueda exigir el fondo, para que el acuerdo al que realmente se llegue parezca menos “malo”.

Habrá que ver cuánto del “reformismo permanente” se reflota al calor de la presión del FMI. Y, sobre todo, en qué quedó el país de Macri cuando se concrete el crédito, considerando que las decisiones en la entidad que preside Lagarde se toman con parsimonia. En la Argentina unas semanas resultan eternas, más todavía en tiempos de corrida. El martes 15M habrá un verdadero día D, con renovaciones de Lebac de $ 680 000 millones, tasas que se anticipan arriba del 45 % (la última licitación en abril pagó 26,3 %) y que aún así podrían no alcanzar para contener siquiera mínimamente al dólar.

De lo que hay certezas, es que el acuerdo es un pacto contra la clase obrera y el pueblo pobre, y un paso más en el nuevo saqueo nacional que se prepara, esa recurrente necesidad de la clase dominante argentina de restablecer sobre nuestras espaldas las condiciones de valorización capitalista. Plantear con urgencia el problema de la deuda exigiendo su no pago, y el rechazo al acuerdo con el FMI, son cuestiones elementales urgentes para enfrentar el plan de Macri.

Ilustración: Iara Rueda



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