Monseñor Aguer: “Separar la Iglesia del Estado contradice la tradición”

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El arzobispo emérito de La Plata defiende el sostenimiento multimillonario de la institución religiosa con fondos públicos, arremetiendo cual cruzado contra quienes promueven la separación de Iglesia y Estado.

Fiel a su estilo, mezcla de ortodoxia arcaica y enorme deseo de protagonismo, el prelado no escatimó palabras en una de sus últimas columnas semanales del programa “Claves para un mundo mejor” (Canal 9).

“Esa idea de separar la iglesia del Estado, en el fondo, viene a contradecir toda la gran tradición histórica nacional”, dijo Aguer en alusión a una serie de eventos históricos que muestran esta larga y simbiótica relación entre la iglesia y el poder político. O, como agregó “la religión católica ocupa un lugar fundamental en la estructura institucional del país”.

Aguer hace referencia, entre otras cosas, a una Primera Junta y a un Congreso de Tucumán que juraron conservar y defender la religión católica. También a leyes, decretos firmados por dictaduras militares y estatutos varios, que incluyen obviamente a la propia Constitución Nacional, que en su artículo segundo sentencia que “el gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano”.

Para dimensionar cómo el Estado “sostiene” a ese culto, vale recordar al jefe de gabinete Marcos Peña confesando que solo en concepto de sueldos de obispos el Estado nacional destina unos $130 millones. Cuantiosos fondos públicos (casi incalculables) destinados a la educación confesional, a la exención de impuestos para los bienes de la Curia y demás prebendas.

Todos y cada uno de los gobiernos constitucionales (ni hablar de las dictaduras militares) dieron siempre un trato preferencial a la Iglesia, lo que garantiza el poder de decisión e injerencia en la vida de millones de personas, incluyendo a quienes son de otras religiones y hasta a las personas ateas. Así quedó demostrado con la votación en el Senado de la legalización del aborto seguro y gratuito.

Un dato llamativo de su monólogo fue la mención a sus “hermanos evangélicos” que fueron un “aporte fundamental para movilizar al pueblo contra semejante atropello”, aludiendo a la cruzada contra el derecho de la mitad de la población a decidir sobre sus cuerpos. “No fue sólo la iglesia católica la responsable”, dijo. Que la culpa sea compartida.

Entonces, si de responsabilidades hablamos, hablemos de una Iglesia que bendijo los vuelos de la muerte, la apropiación de bebés y las sesiones de torturas en la última dictadura cívico- militar.

Una iglesia que encubrió (y encubre) a curas pedófilos a los que ni siquiera excomulga. Que buscó limpiar su imagen podrida con una cumbre mundial sobre abusos sexuales que sólo estableció “conductas de comportamiento” de curas y obispos.

Una Iglesia que, ante la amenaza de la pérdida de valores occidentales y cristianos como la familia y la moral, mantiene un poder de veto sobre derechos elementales como la implementación de la Ley de Educación Sexual integral o los protocolos de aborto no punible.

¿Qué dijo monseñor Aguer (o el mismo Bergoglio), tan preocupado por los niños que son el futuro de la humanidad, sobre las niñas de las provincias de Jujuy y Tucumán que fueron violadas y a las que se les negó el derecho a un aborto? Nada, silencio y complicidad. Como con las miles de mujeres muertas por abortos clandestinos.

Por muchas de estas razones es imperioso avanzar en una efectiva y definitiva separación de la Iglesia del Estado.

En su arenga final el arzobispo emérito platense concluyó diciendo que si se renuncia “a esa tradición que dice cuál es el papel de la iglesia católica en la estructura institucional de la Argentina, y si aceptamos incluso renunciar a esos 130 millones de pesos, lo que habría que exigir es que queden abolidas todas esas leyes inicuas que se han promulgado en los últimos años; leyes que destruyen la familia, la escuela y demás. O declaremos que la Argentina es un país ateo”

Que así sea, monseñor



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