Obsceno: el intendente de La Plata a los abrazos con un cura denunciado por abusador

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Julio Garro festejó los 55 años de un colegio de Gonnet junto a Eduardo Lorenzo, capellán del Servicio Penitenciario, confesor de Julio Grassi y él mismo imputado en una causa sospechosamente archivada en 2009.

Fotos facebook

“Esto se tiene que terminar. La iglesia debe tomar una actitud de prevención. Por ejemplo, en los seminarios debería hablarse de sexo”. Así respondía el sacerdote Eduardo Lorenzo a una periodista de Infonews, en septiembre de 2013, consultado sobre el caso de Julio César Grassi.

Lo curioso es que el propio Lorenzo en ese momento cumplía cinco años de denunciado por abusos sexuales y torturas psicológicas sobre un joven estudiante del colegio Concilio Vaticano II de Gonnet.

Obviamente sus declaraciones periodísticas no eran autorreferenciales. Hablaba de Grassi, quien acababa de recibir una condena de 15 años por los delitos de pedofilia, abuso y corrupción de menores. Y lo hacía en calidad de confesor del condenado, cumpliendo su rol institucional de Capellán General del Servicio Penitenciario Bonaerense.

Lorenzo asumió ese cargo en 1990, apenas dos años después de ser ordenado cura en La Plata por el reaccionario Monseñor Antonio Quarracino. Desde entonces, además de capellán carcelero, tuvo a su cargo parroquias de Berisso, Olmos, Los Hornos, La Plata y Gonnet. Y es representante legal de varios colegios, capellán de los scouts, del cementerio de Berisso y de la Asociación de Guías Argentinas y hasta vicepresidente de los Foros de Seguridad de Olmos.

El archivo que perdona

En abril de 2007 Lorenzo desembarcó en la parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet. Fiel a su doctrina acaparadora, en un breve lapso terminó convirtiéndose en representante legal del lindante Colegio Concilio Vaticano II. De allí a ser el cura amigo del estudiantado que prácticamente vivía entre las aulas, los pasillos, los patios y los baños, solo fue cuestión de tiempo.

Apenas pasado un año de su arribo a Gonnet a Lorenzo le llegó la primera denuncia por abusos, hostigamientos y maltratos.

Diversas fuentes que conocen de cerca la trayectoria del cura coincidieron ante La Izquierda Diario en afirmar que, a raíz de un conflicto que tuvo con parte de la feligresía, el cura se “refugió” en un grupo selecto y no muy numeroso de jóvenes varones, con quienes compartía largas reuniones privadas en la casa parroquial.

Aseguran esas fuentes que en verano esas reuniones se mudaban a una quinta de Villa Elisa, alquilada por Lorenzo y a la que podían acceder solo sus invitados. Según dicen quienes lo investigaron, en esas reuniones proveía el alcohol para la borrachera y hasta solía pernoctar con uno de los jóvenes.

Una tarde de fines de 2008, durante una reunión de padres del colegio, uno de los participantes comentó la escandalosa noticia de que un joven había denunciado a Lorenzo por abusos y hostigamientos. El hecho habría ocurrido durante una de esas fiestas que armaba el sacerdote e incluso algunos participantes (todos jóvenes) habrían sido conminados a colaborar con Lorenzo en las prácticas vejatorias.

La víctima era un joven rescatado de la calle, donde pasó casi toda su infancia. Su tutor (un hombre que se hacía llamar “su padrino”), fue quien se compadeció de él, lo llevó a su casa, le dio de comer y vestir y lo hizo estudiar. El error que cometió fue sumar a esas tareas la participación activa en la parroquia Inmaculada Madre de Dios. Allí lo recibió Lorenzo, quien apenas lo vio habrá pensado “presa fácil”.

Luego de que el joven intentara suicidarse, y enterado de las razones que lo llevaron a tan trágica determinación, el “padrino” radicó una denuncia penal contra Eduardo Lorenzo por abusos y vejaciones, los que habrían ido desde lo estrictamente sexual hasta torturas psicológicas para lograr un sometimiento moral.

Lorenzo unos años atrás (El Día)

Mala reputación

Más de uno en aquella reunión de padres dijo para sus adentros “se confirman mis sospechas”. Es que las actitudes excesivamente serviciales y hasta agasajantes para con algunos alumnos de parte del cura no eran fáciles de asimilar como mero “amor sacerdotal”. La noticia de la denuncia no causó sorpresa sino angustia y nervios.

Lorenzo no tardó mucho tiempo en enterarse de que un grupo de padres ya no le tenían confianza y sabían que en los tribunales su nombre ya estaba asociado a lo peor. Fue así que decidió, sin dudarlo, arremeter contra esos mismos padres y madres preocupados por sus hijos. No existió de su parte el más mínimo intento de acercamiento, algo que denotara que era realmente inocente y que estaba dispuesto a que todo se aclare.

Por el contrario, no solo repudió públicamente a sus denunciantes sino que llegó a iniciarle un juicio a una pareja que tenía sus hijos en la escuela, acusándolos de extorsionarlo y amenazarlo por correo electrónico. La pareja sufrió un allanamiento policial en su domicilio, donde se les secuestró una computadora que nunca les fue restituida ni saben qué resultados arrojaron los peritajes realizados sobre ella.

La causa penal contra Lorenzo, la número 25.601, fue archivada por la jueza Ana Medina pocos meses después de abierta. Quienes conocen el expediente tienen muchas dudas alrededor del proceso de instrucción. Y lo que es más grave, la decisión judicial de archivarla fue lo que le hizo tomar impulso a Lorenzo para contraatacar sobre quienes se habían animado a expresar sus sospechas y hacerle frente.

Vale decir que una causa archivada no es una sentencia de absolución ni mucho menos. El caso no pudo ser (o no se quiso que fuera) resuelto y entonces quedó como detenido en el tiempo. Ni culpable ni inocente. Es decir, sin verdad ni justicia.

Con el archivado procesal, el cura se hizo de una cobertura sólida de parte de sus pares y de algunos de sus empleados, quienes se confabularon para desmoralizar e incentivar al silencio a las madres y los padres que no creían ni un ápice en esa fachada.

Pero sin dudas el mayor premio para Lorenzo llegó de la mano protectora de monseñor Héctor Aguer, quien haciendo honor a una práctica sistemática de la jerarquía eclesiástica, procuró que el caso pasara al olvido en el menor tiempo posible. Eso es lo que explica que el “padrino” de la víctima haya presentado una denuncia en sede canónica antes de hacerlo en un tribunal pero en casi diez años nunca haya recibido la más mínima información de la Curia respecto al curso de la investigación sobre la conducta de Lorenzo.

La cola de paja

Suficientemente expuesto ante la comunidad parroquial, el cura Lorenzo pasó abruptamente de ser un joven más en las tardes de recreo en los patios del colegio a estar prácticamente desaparecido de la institución educativa. No es que estuviera refugiado en su parroquia. Al contrario, nunca abandonó la costumbre de cenar día por medio rodeado de muchachines en alguno de los restaurantes chetos del Camino Centenario.

Esa era una decisión muy calculada. Alejarse al máximo de esa “cueva de chusmerío hereje” conformada por padres y madres que habían osado poner en cuestión su falsa moral. Tan a pecho se lo tomó que llegó a dar la orden de responder a quien se presentara en el colegio buscando al representante legal con un papelito en el que se le indicara dónde ir a buscarlo.

Lo que sí aparecían eran nuevas denuncias (por miedo, casi ninguna judicializada) de abusos cometidos por Lorenzo en sus puestos anteriores, en parroquias de Berisso, de Los Hornos, de Olmos, de La Plata y de Gonnet. Es sistemático también el traslado permanente de curas de parroquia en parroquia cuando se trata de pedófilos. Ni ellos se creen que el cambio de aire va a reconvertir al victimario. De lo que se trata es de ir corriendo la basura de alfombra en alfombra.

El regreso

A muchas personas se les fue haciendo cada vez más difusa la imagen de Eduardo Lorenzo. Por eso, tras tanto tiempo sin verlo, hubo quienes no lo reconocieron en las fotos de la celebración de los 55 años del Colegio Concilio Vaticano, realizada el martes en las instalaciones de calle 10 y 502.

Allí estaba, nuevamente, haciendo gala de su sonrisa y su mirada luminosas, el ya casi anciano representante legal de a institución, recibiendo el abrazo y los honores de parte del intendente de La Plata Julio Garro.

Las fuentes consultadas por este diario se mostraron sorprendidas por la reaparición en escena de Lorenzo. No así por las muestras de amistad y afecto intercambiadas con Garro, un exponente del poder político y económico de la región.

La Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico de Argentina confirmó a este diario que tiene entre sus casos tratados el del sacerdote Eduardo Lorenzo. Un caso que debería ser reabierto, llegando a un final esclarecedor y al castigo al culpable.

Una inquietud se impone sobre el final de este artículo. ¿Nunca supo Jorge Bergoglio, siendo cardenal primado de la Argentina, el derrotero de Eduardo Lorenzo? ¿O lo supo y prefirió callarse la boca para no cargarle otra mancha más a la Iglesia católica argentina? Lo cierto es que el cura denunciado por abusador, el confesor de Grassi y capellán del Servicio Penitenciario, cuenta con el aval del Papa.

Así lo delata una carta que le fue enviada desde el Vaticano en octubre de 2013, donde Francisco le agradece “el gesto cordial, humanitario que usted junto a su personal tienen para con aquellos que están privados de lo más importante y preciado que es la libertad, ruego a Dios y a la Santísima Virgen de la Merced patrona de los cautivos por ellos, por usted, para que siga trabajando con empeño y con un corazón repleto de misericordia”.



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