Seminario en Filosofía y Letras UBA: gran discusión sobre la transición al capitalismo en Rusia

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Durante el segundo encuentro del seminario temático que impulsan En Clave Roja (PTS + independientes) y la revista Ideas de Izquierda, Corina Luchía desarrolló una propuesta para reflexionar sobre transición, dialéctica y desarrollo histórico en Rusia que concluirá el próximo viernes 8 de septiembre.

Comenzó la clase del viernes 25 de agosto con una gran pregunta: ¿cuáles son las condiciones singulares del desarrollo histórico de Rusia que permiten explicar no solamente el proceso revolucionario de 1917 sino el contexto histórico en el cual se inscribe ese desarrollo singular? La propuesta de Corina Luchía, docente especialista invitada para dar este nudo problemático del seminario, fue trabajar el problema histórico de la transición como eje teórico para articular diversas temáticas desde una perspectiva dialéctica: la “cuestión agraria” en Rusia y el rol de la comuna rural, el dualismo estructural de Rusia determinado por la convivencia entre servidumbre e industrialización y las condiciones de la Revolución de 1917.

Este último punto se discutirá el viernes 8 de septiembre ya que se acordó levantar el encuentro del viernes 1ro para marchar por la aparición con vida de Santiago Maldonado, a un mes de que la Gendarmería de Patricia Bullrich y el Gobierno de Macri lo desaparecieran por estar acompañando la lucha de la comunidad mapuche en la Patagonia.

Cuestión agraria y comuna rural

Para dar respuesta a este problema Luchía se remontó no a los años de la revolución sino a 1881, momento de intercambio epistolar entre Karl Marx y Vera Zasulich –militante populista rusa- quienes discuten justamente en torno a este problema de la transición a partir de una pregunta que ella se formula: ¿es posible el tránsito hacia el socialismo en Rusia sin pasar por las horcas caudinas del capitalismo? La comuna rural rusa pasa a ocupar un lugar central en esta discusión, como fenómeno particular que explica el recorrido específico de Rusia dentro del proceso de transición que sufre Europa, y que muestra los extremos a los que llevó la forma transicional desigual en las regiones más rezagadas como es el campo ruso.

La mayoría de quienes analizaron el problema de la transición en Rusia plantearon que la comuna era una institución que permanecía intacta desde hacía siglos y por ende un elemento que bloqueaba o inhibía la posibilidad de desarrollo histórico. Zasulich también advierte la gravedad del problema agrario en Rusia para pensar las posibilidades de transición y de desarrollo histórico, en cuyo centro estaba la comuna rural. Pero a diferencia de sus contemporáneos y de muchos autores hasta la fecha, se preguntó e inició el intercambio con Marx desde la inquietud si la comuna podía jugar algún rol en el sentido de transformación.

Para Marx, quien caracterizó la comuna como un modo material de producción o forma de organización del trabajo y la vida campesina, no había una esencia arcaizante en las formas comunales sino que su sentido estaba determinado por la forma social en la cual estaba inscripta, en el caso ruso bajo una relación social de explotación servil, que impregnaba todos los aspectos de la vida campesina, centralmente a partir de la propiedad feudal y del tributo, y que determinaba en última instancia el carácter de ese desarrollo histórico.

Evidentemente en la cabeza de Marx y en el intercambio con Zasulich había una intención de caracterizar correctamente ese contexto histórico para poder trazar las tareas políticas, lo que convirtió esa disputa teórica sobre la comuna en una disputa política.

Según Marx Rusia tenía en el siglo XIX un instrumento, formidable agregó Luchía, que era la comuna rural la cual podía ser puesta al servicio de determinado proceso histórico. Esta podía ser el medio para desarrollar un proceso de transición en el sentido socialista que no tuviera que pasar necesariamente por un desarrollo capitalista, y por ende por el violento proceso de acumulación originaria como el que había sufrido Inglaterra entre los siglos XIV y XVI. Precisamente porque tenía en la comuna rural una muy arraigada forma colectiva de producción, se le podía dar a esta otro sentido que el que le daba la estructura feudal rusa del siglo XIX, sirviendo como regenerador social y económico al despojarla de los elementos que sometían al campesinado a la podredumbre social y moral, que Marx tan bien analizó.

Para que esta institución pudiera cumplir ese papel transformador que estaba planteado como posibilidad (frente a las lecturas evolucionistas y teleológicas que se han hecho de Marx) era necesario una revolución rusa. Para que la comuna rural no perpetuara las formas de opresión era necesaria su modificación, transformando la totalidad social en la cual se inscribía.

Para entender la complejidad de esta tarea política que implicaba regenerar la comuna rural sobre nuevas bases, se pasó a analizar la complejidad de esas condiciones.

Dualismo estructural y desarrollo histórico

Primero se caracterizó la Rusia pre-revolucionaria pensando dos niveles de análisis: por un lado su complejidad interna compuesta por la articulación de formas sociales opuestas y antagónicas, feudales y capitalistas, y por el otro la articulación contradictoria entre esa Rusia “bifronte” y el sistema social en el cual estaba inscripta, cuya característica excepcional e inédita hasta ese momento era su tendencia a la universalización. El modo de producción capitalista se articuló con otras formas sociales no capitalistas, absorbiéndolas y subordinándolas bajo su propia lógica sin necesidad de transformarlas en una forma idéntica a la suya mientras se expandía.

La particularidad que diferenciaba a la comuna rural rusa de las formas comunales en Europa occidental tiene que ver con que la propiedad colectiva se encarnaba en el Estado autocrático ruso, el cual imponía su enorme y gravosísima carga fiscal. Esto volvía la comuna una condición sine qua non para la supervivencia de la maquinaria estatal que estaba en expansión desde el siglo XVIII, razón por la cual el Estado se aseguraba que sobreviviera. A su vez, el trabajo parcelario no era individual sino colectivo, cooperativo y rotativo, impidiendo el desarrollo de procesos masivos de acumulación privada como había sucedido en Inglaterra.

Contra los eslavófilos y todos los que aislaron a Rusia del mundo del que formaba parte, se evidencia el carácter rezagado de Rusia con respecto a occidente con el solo hecho de estar discutiendo la existencia de génesis capitalista en Rusia aun a finales del XIX y principios del XX. ¿Cómo era posible que Rusia diera un salto transicional sin pasar por la expropiación del campesinado, elemento central de la génesis capitalista en occidente?

Para pensar esto se introdujo el debate del feudalismo en Rusia y el aporte que hicieron los estudios de León Trotsky sobre la singularidad del desarrollo ruso: no solo pervivía el feudalismo a fines de siglo XIX sino que esa misma forma se desarrolló de manera también muy singular.

Las condiciones específicas de Rusia que diferían del feudalismo clásico occidental donde la apropiación del excedente se realizaba de forma privada, estaban dadas por el rol del Estado ruso como principal explotador y apropiador de excedente que producía el campesinado servil ruso, dando lugar a la existencia de un feudalismo con una aristocracia de servicio integrada a la maquinaria estatal. La apropiación se daba a partir de la articulación entre organización centralizada y burocracia en cada región, encarnada por una aristocracia no solo domesticada sino creada por el mismo Estado para cumplir esa función. La autonomía que tenía la aristocracia en Europa occidental no se encontraba en Rusia y fue lo que dio lugar a una relación entre Estado y clase muy particular: una aristocracia dependiente del Estado que se fusionó con él convirtiéndose en una aristocracia de servicio, porque dependía materialmente de él para reproducirse pero también simbólicamente ya que era el mismo Estado quien le otorga los títulos nobiliarios que la convertía en clase privilegiada y estamento diferenciado.

Luchía planteó que solo Trotsky, entre los muchos historiadores de oficio y estudiosos del caso, aprehendió tan claramente esta singularidad. Por eso planteó que el carácter desigual que evidenciaba el desarrollo histórico del capitalismo permitía a la periferia conocer la dirección histórica a la cual tendía ese movimiento pero a la vez creaba la necesidad en los países atrasados de avanzar a saltos, porque además su carácter combinado se expresaba en la existencia de un colosal aparato de estado que impedía el desarrollo de una clase capitalista que impulsara una transformación en ese sentido, condenando a Rusia al atraso.

Este atraso constituyó para Marx una “oportunidad histórica”, que Trotsky expuso muy claramente: “el privilegio de los países atrasados es asimilar el proceso antes de los pasos previstos saltando por alto la serie de etapas intermedias”. Precisamente Rusia estaba articulada de manera compleja con el sistema social que tendía a la universalización de sus relaciones permitiendo aprovechar los beneficios de ese desarrollo en términos productivos para ponerlos al servicio de una relación social diferente.

Conocer la dinámica de ese desarrollo dio lugar a pensar una estrategia de intervención y un programa político revolucionario que no planteara la necesidad de atravesar esas fases dramáticas que implicaban el desarrollo del capitalismo por etapas sino que las combinara en una innovación inédita como fue lo que después se conoció como la teoría-programa de la revolución permanente.

Continuar la discusión

A falta de tiempo, los docentes a cargo del seminario Paula Varela, Alicia Rojo y Gastón Gutiérrez propusieron continuar la discusión la primera parte de la clase siguiente con el último punto: las condiciones para la revolución de 1917, las tareas políticas y el programa.



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