Sobre redes y engranajes

0
152


Una reflexión sobre las redes sociales, su uso cotidiano y su configuración como herramientas de los poderosos

En el inicio del G-20, Macri empezó la sesión dando un dato que fue lo único que recordé de su discurso fabricado en la consultora de Durán Barba. Tal vez no sea cierto y la única fuente sea la revista VIVA, pero es creíble: dijo que una persona en la actualidad recibe la misma información en un año que una persona en toda su vida hace treinta años atrás. Es decir, está expuesta en 365 días a fotos, vídeos, textos digitales, conversaciones, etc. que son equivalentes a la información que una persona recibía en sesenta o setenta años. Me permito divagar brevemente sobre el tema.

Si lo que mucho abarca poco aprieta, podríamos decir que esta “Big data” a la que estamos expuestos es imposible de procesar, es decir, de jerarquizar, de valorar conscientemente, de retener y clasificar, de conectar y ampliar… por nosotros. Los dueños de Facebook, Instagram y Twitter si los pueden ordenar, en base a nuestras preferencias, comentarios, contactos, etc. De ahí obtienen sus multimillonarias ganancias. De hecho, ese es el negocio. Nick Srnicek, en su libro Capitalismo de plataformas, las llama “plataformas publicitarias”, basadas en extraer información de los usuarios, procesarla y luego usar esos datos para vender espacios de publicidad.

Entonces, ¿qué vemos cuando vemos las redes si nada queda, si la información no es para nosotros? Los datos son escalofriantes. Internet tiene a nivel mundial 4,2 mil millones de usuarios, de los cuales 3 mil millones son usuarios activos de alguna red social. Dedicamos unas tres o cuatro horas diarias a mirar el teléfono. Pero, ¿qué estamos haciendo realmente en ese tiempo? ¿Estamos socializando? ¿Estamos “entreteniéndonos”? Ya dijimos que no nos estamos informando porque es casi imposible o, mejor dicho, marginal en relación a la información que nos llega.

Lo que hacemos es ser objetos de deseos y de consumos. Nuestros intereses se linkean a empresas que ofrecen ese servicio. Nuestros temas de conversación con amigos se enlazan con espectáculos, salidas y videos. El “scroll” (ir pasando la pantallita para abajo) es el medio para “atrapar” tu atención. El momento en que te detengas es un dato: “esto le gusta”. ¿Y qué buscamos en las redes? Algo permanentemente inalcanzable pero al mismo tiempo inmediatamente satisfecho: ¿queremos amigos? “Agregar amigos” y listo. ¿No ves a tu familia porque trabajás muchas horas? No importa. Pueden estar las veinticuatro horas conectados. ¿Estás roto del trabajo y tu cara es un desastre? No pasa nada. Ponele algunos filtros a la imagen y blanquea la sonrisa, todos te verán feliz. ¿Queremos comida, televisores, viajes, ilusiones? Ahí están. Hasta poder recorrer el mundo sin salir de tu casa y sin pagar un avión. Esta buenísimo pero, ¿cuál es el costo de la ilusión?

Objetivar a las personas, desear a las cosas

¿Acaso las relaciones despersonalizadas (tratar al otro como un usuario, muy parecido al trato de un contestador automático) y el individualismo (exponerse como sujeto y objeto de deseo y consumo) no se ven acrecentados, potenciados e incluso estructurados alrededor de las cuatro horas que pasamos frente al teléfono (un cuarto del tiempo que estamos despiertos aproximadamente)?

La aceleración de la información, las “historias” breves, la inmediatez de los contenidos, también modifican nuestra percepción del tiempo y nos presionan a un constante presentismo del instante. Enzo Traverso, comentando al historiador Hartog, decía que “El ‘presentismo’ tiene una doble dimensión. Por un lado es el pasado reificado por una industria de la cultura que destruye todas las experiencias transmitidas; por otro, es el futuro abolido por el tiempo del neoliberalismo: no la “tiranía de los relojes” descripta por Norbert Elias, sino la dictadura de la bolsa”. Es decir, de los ritmos de Wall Street.

Si el individuo (y los cuerpos en particular), pasan a ser el protagonista en un tiempo donde importa poco el pasado y mucho menos el futuro (el éxito debe ser inmediato, en vivo), entonces, ¿no son esos formatos, la exaltación del egocentrismo, del consumismo y de la objetivación de la persona que queremos cambiar quienes que rechazamos esos valores de esta sociedad?

Engranajes

Y esto me hace pensar en otro problema (en realidad el problema que me interesa). Los que queremos cambiar esta sociedad sabemos que implica destruir y reconstruir todas las relaciones sociales existentes, empezando por las de explotación y opresión. Para eso comparto la idea de que es necesario organizarse. Y organizarse implica construir también relaciones sociales, que en cierto sentido sean el germen de esa sociedad futura o que al menos partan de un espíritu cuestionador de las actuales.

Y esa organización implica, a decir de Lenin, “engranajes”, formas de articulación entre las experiencias pasadas (condensadas en la teoría marxista y en aquellos que mantienen viva una tradición), los movimientos reales del presente, los sujetos sociales, las emociones (la moral), o a decir de Wiliams “la estructura de sentimientos” de una época y las condiciones materiales de su desarrollo. Lenin y Trotsky lo pensaban en tríada: el partido revolucionario para ellos era un sistema de engranajes entre la clase obrera, el partido y su dirección. E incluso más: entre la clase obrera y el resto de las clases y sectores oprimidos.

¿Podríamos decir entonces que la consolidación de esos engranajes, de una organización que busque destruir a este sistema necesariamente debe cuestionar las formas de relacionarse, las “redes sociales” del presente, como expresión de valores y sistemas que degradan?

Pienso que sí, pero que esto no implica rechazarlas obnubiladamente. Dejar de usar las redes sería una especie de “ludismo” ( aquel movimiento de trabajadores que destruía las maquinarias como forma de protesta ante la perdida del empleo) del siglo XXI, que no va al corazón del problema. Los avances técnicos y tecnológicos son impresionantes y han demostrado la capacidad de ser muy útiles en las luchas contra el sistema, como lo mostraron las rebeliones en el mundo árabe o actualmente los “chalecos amarillos” en Francia, que comenzaron a organizarse por las redes sociales.

Pero creo que es poco pedir que los que buscamos otras relaciones sociales empecemos a cuestionarlas, a mostrar valores como la solidaridad, el compañerismo, la amistad. Que intentemos que el protagonista sea colectivo, que sea sujeto y no objeto. Que seamos críticos de un arma que por ahora dominan los enemigos de clase y que ocupa parte importante de nuestras vidas.

Tal vez sea la forma de organizarnos mejor, de forma más sólida y amplia para destruir a este sistema de porquería en donde tener amigos, relaciones y deseos sea a lo que podamos dedicar la mayoría de nuestro tiempo.



Source link