Sociología: ¿Una trinchera para molestar o para transformar?

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La Carrera de Sociología debe recuperar el carácter contestatario

Llama la atención que una coordinación que supo ser centro de los debates políticos e ideológicos plantee ser una sociología que aspira sólo a molestar. Haciendo de la carrera un espacio en el que el pensamiento crítico se parece demasiado a una declamación de posturas “bien intencionadas” o, bien, a una cofradía de intelectuales que atrincherados desde su atalaya son inofensivos. Pero esta parálisis/retroceso no comenzó en la era de “globos amarillos”, ya tiene su historia. ¿Cómo llegamos a esto?.

Durante todos estos años, la academia sirvió como una licuadora de ideología para adaptarnos al calor de los nuevos progresismos que hacían que las grandes movilizaciones en las calles pasarán a integrarse al régimen político, de querer cambiarlo todo a querer ocupar puestos en el Estado. Toda esa masa crítica se desarmó y esto no fue gratis.

Durante la resistencia al macrismo, el progresismo se mostró impotente para enfrentar al avance de las derechas en la región. En la universidad, se encargó sistemáticamente de planchar todo conflicto contra el gobierno, que podía radicalizarse, por fuera de los canales institucionales o electorales normales, como se demostró en el 2016 con las movilizaciones de miles de docentes y estudiantes en defensa de la educación pública, donde los sindicatos asociados a Conadu y Fedun aceptaron la paritaria en pleno auge del conflicto docente; pese a contar con un creciente apoyo estudiantil y del conjunto de la sociedad, que se reflejó en numerosas clases públicas, asambleas masivas en distintas universidades nacionales y en la toma del Ministerio de Ciencia junto a sedes provinciales de CONICET.

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Mientras tanto en la UNCuyo, tanto el peronismo como el radicalismo mudándose de pieles se presentaban como la cara progresista donde cogobernaban. En la Coordinación de Sociología, la resistencia desde las trincheras no fue otra cosa que la adaptación a la misma lógica pacifista que con la excusa de “atender las necesidades de los estudiantes” con “cafe solidarios” o banco de apuntes se preocupaba por el carrerismo individualizado en las cátedras, los grupos de investigación y la inserción precaria dentro de los espacios del estado, con proyectos que solo nos invitan a adaptarnos acríticamente a la realidad.

En la carrera esto tuvo su correlato teórico. El estudio de los pensadores más comprometidos con su época se presentan descontextualizados y embalsamados como figuras de museo. Ejemplos de esto son el mismo Marx y Engels, que dedicaron su vida a la organización internacional de los trabajadores y la lucha revolucionaria por una sociedad sin clases. A su vez, este menoscabo -nada ingenuo- ha sido acompañado con una mayor presencia de las conceptualizaciones de Poulantzas para justificar el desplazamiento de la radicalidad de la lucha de clases hacia los espacios de la estatalidad, o bien un Laclau, que tiende a borrar de su análisis la lucha de clases al reducir la política a la construcción y articulación discursiva de mayorías electorales. Con el nuevo intelectual orgánico García Linera, responsable de fundar – en sus propias palabras- el capitalismo amazónico-andino, quién se encarga de justificar la represión estatal a los pueblos indígenas que bloquean el “desarrollo nacional” de Bolivia . Y un latinoamericanismo vinculado a CLACSO que no se cansa de señalar el “colonialismo mental” de la academia y el apoyo incondicional al progresismo, pero que cínicamente es incapaz de conmoverse por la represión que traen los programas de ajustes del otrora progresista Lenin Moreno; o denunciar el intervencionismo imperialista yanqui en defensa del pueblo venezolano. Cuyos referentes, hoy todos alineados bajo FF (Alberto Fernández y Cristina Fernández) se niegan sistemáticamente a reconocer esta realidad, optando por el silencio y cerrando alianzas abiertamente con golpistas proimperialistas como Sergio Massa. Puede en este contexto, continuar una sociología que supo acercarnos a figuras como las de Mariátegui, José Martí e incluso los teóricos dependentistas -entre otros-; mantenerse indiferente a la situación internacional o impasible frente al avance de la crisis nacional, el plan del FMI, y aceptar resignadamente que la Argentina está nuevamente sufriendo un cuarto saqueo.

En la carrera -y en el campo de las ciencias sociales en general- abundan los estudios que dan cuenta del traumático impacto de las políticas neoliberales, enmarcadas en los postulados evangélicos del Consenso de Washington de la mano de los organismos internacionales de crédito como el FMI, BM, OMC que transformaron la relación entre estado, mercado y sociedad, afectando las condiciones de vida, la educación, la salud y el mundo del trabajo. Sin embargo, esto pasa desapercibido para la academia que esta discusión resulta nuevamente apremiante por la crisis económica que está transitando actualmente el país. La sociología no puede ser ajena a estos temas de preocupación que se están discutiendo en todos las familias, los lugares de trabajo y de estudio.

Para nosotros, les jóvenes, durante el menemismo -gracias a la ayuda de la Franja Morada y del FrePaSo- se logró avanzar en la elitización y mercantilización mediante la aprobación de la Ley Superior de Educación (LES) -que no se derogó en los años de gobierno kirchnerista-. Y se avanzó en la precarización laboral, que hoy se traduce en que miles sólo podamos aspirar a trabajar como mozos, en Call-Centers, Rappi o Pedidos Ya.

En nuestro caso, somos decenas de jóvenes sociólogos/as que encontramos solo trabajo de encuestador, confeccionamos bases de datos, entrevistador o -en los mejores de los casos- accedemos al sistema ultra competitivo de Conicet, a dar clases o ocupar algún área del estado en trabajos que son precarios, mal pagados y para los cuales estamos sobrecalificado. Realidad de la que parece estar alejada para un peronismo que trae al exsecretario de trabajo Carlos Tomada, como especialista estrella en relaciones de trabajo, a dar una charla en la facultad. Pero qué nos puede decir este ex funcionario si al terminar su función en diciembre del 2015, había en el país un tercio de trabajadores no registrados, el salario promedio era menos de la mitad de lo que costaba la canasta básica, y el desempleo superaba el 10%. Quién incluso fue el responsable político del asesinato del compañero Mariano Ferreyra, un joven militante de izquierda que se solidarizaba con los terciarizados del ferrocarril Roca, cuando fue atacado por una patota de la burocracia sindical de Pedraza, como quedó demostrado en los audios que se hicieron conocer públicamente. Lo mismo sucede cuando, el rector Pizzi y el radicalismo trae al ministro de trabajo Triaca para discutir las bondades de la economía colaborativa donde somos cientos de jóvenes los que arriesgamos nuestras vidas diariamente en las calles para trabajar por sueldos que no alcanzan. Políticas macristas que dejan como resultado cerca de 400 mil nuevos desocupados y cerca de 1 millón 500 mil nuevos pobres.

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¿Sociologues para qué?

Históricamente se machaca con que el problema de la carrera es la difusión y la falta de interés de los jóvenes. Pero, como hemos señalado, se ha vuelto una sociología cada vez más alejada de la realidad que no contribuye ni genera espacios de intercambio y reflexión entre las cátedras -y el resto de las ciencias sociales- sobre los procesos actuales que se dan a nivel nacional e internacional. Lo que repercute en que cada vez sea menos atractiva como disciplina y que a la vez se le quite su rol transformador. Por eso creemos que como futuros sociólogos hay que buscar otra alternativa ante la perspectiva casi única de “escritorio y paper”, para avanzar en recuperar nuestra identidad. Porque estamos convencidos que el potencial de la sociología como cuestionadora y crítica de la realidad en la que vivimos, puede entonces, realmente transformarse en una herramienta para debatir alrededor de las posibles salidas a la barbarie económica, social y ecológica de nuestra actualidad; y es esto, en definitiva, lo que está en nuestras manos poniendo nuestros conocimientos en función de las necesidades de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Hay que cambiar la sociología, para de esta manera cambiarnos a nosotres mismes. La sociología supo ser ese espacio de rebeldía para cuestionarlo todo y uno no volvía a ser el mismo, nos cambiaba la forma de ver el mundo. La disciplina tiene una rica tradición histórica de ser un centro de reflexión, de organización, de resistencia, que se caracterizó por su producción de conocimiento y su práctica al servicio del cuestionamiento y de la transformación del orden social capitalista, de la explotación y de toda forma de opresión. Recuperesmola. Por eso, ¿que coordinación queremos?.

Una que ponga en debate las grandes corrientes del pensamiento crítico actual con una revista de debate teórico y político como la ampliación de cursos de posgrados gratuitos teniendo en cuenta la demanda de les estudiantes. Seminarios transversales de estudiantes para intercambiar investigaciones y ayudar con las tesis de grado, donde se debatan los problemas más estructurales y acuciantes del mundo y del país. Junto a esto a Creación de Observatorio Social abierto para todes les estudiantes y que se liguen con sus prácticas profesionales o socio educativas poner nuestros conocimientos al servicio de las luchas de les trabajadores y movimientos sociales. Terminar de una vez con el clientelismo de becas y pasantías, reemplazándolo por un sistema de concursos abiertos y transparentes con bono estudiantil para que todes podamos acceder a mejores trabajos. Al igual que se permita el cursado del profesorado simultáneamente a la licenciatura teniendo en cuenta la diversidad de trayectorias académicas de les estudiantes.



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