Tres crisis argentinas

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En el programa radial El Círculo Rojo el economista Pablo Anino comparó el final de los gobiernos de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa con la catástrofe macrista. Aquí en texto, audio y vídeo.

La catástrofe económica a la que nos conduce Cambiemos agudizó la imaginación: muchos hablan de un final tipo Raúl Alfonsín, sumergido en el caos de la hiperinflación; otros la comparan con Fernando de la Rúa, que huyó en helicóptero atrapado por una crisis de deuda.

Viajemos atrás en el tiempo para ver qué hay de cierto en las comparaciones históricas.

La primavera que no fue

A mediados de 1988, el gobierno de Raúl Alfonsín impulsa un plan de ajuste, el Plan Primavera, para intentar estabilizar el descontrol inflacionario: ese año, la inflación minorista sería de 387,7 %.

Recibe el apoyo de la UIA y la Cámara Argentina de Comercio (CAC), entre otros sectores empresarios. Pero el plan no contenta a la Sociedad Rural Argentina (SRA), que se ubica en la oposición debido a que se aplica un desdoblamiento cambiario que rechaza: en agosto el presidente Alfonsín es abucheado mientras daba un discurso en la Rural de Palermo.

En 1988 el FMI también retiró el apoyo al Gobierno. Y en 1989, finalmente, prácticamente todos los sectores patronales y el Banco Mundial le van a soltar la mano al gobierno.

¿Cómo transcurre el año 1989? Con la tasa de interés por las nubes y un festival de emisión de deuda estatal de corto plazo. Las cuentas del Estado en rojo, fundamentalmente por los intereses de deuda. Hay corrida hacia el dólar e intensa fuga de capitales de los grandes empresarios: un verdadero golpe de mercado.

Ese año terminó con una inflación de 4.923 % en los precios minoristas; los salarios reales compraban un 35 % menos que en 1984; la desocupación trepó casi dos puntos hasta el 8,4 %; la economía retrocedió 4,4 % (segundo año consecutivo de recesión); en julio se necesitaba medio salario obrero para pagar los servicios públicos; en pocos meses, el porcentaje de personas bajo la línea de pobreza subió del 25 % al 47,3 %.

En la campaña electoral para las elecciones de mayo, Eduardo Angeloz, el candidato a presidente de la Unión Cívica Radical, hace campaña en favor del liberalismo económico y de las privatizaciones. Por el contrario, Carlos Menem, que encabeza la fórmula peronista, promete “revolución productiva” y “salariazo”.

Se podía pensar que lo peor había pasado. Pero no. Menem ganó las elecciones. Los empresarios fueron por todo. El grupo Bunge y Born, uno de los principales agroexportadores del país, puso el ministro de Economía de Menem, Miguel Ángel Roig, que fallece a los pocos días de ser nominado. Lo sucederá Néstor Rapanelli, el vicepresidente de Bunge & Born. Esa designación es todo un símbolo: los grupos de poder tomaban el control directo de la economía.

La hiperinflación siguió en 1990 (1.343,9 %) y tuvo un efecto disciplinador. Acertó el editorialista de La Nación, Carlos Pagni, cuando dijo que el Gobierno de Mauricio Macri no contó con el beneficio de ese final caótico del alfonsinismo y de la hiperinflación, lo cual tuvo un efecto disciplinador que habilitó más ataques: confiscación de ahorristas con el Plan Bonex a fines de 1989, que consistió en el canje compulsivo de plazos fijos por titulos públicos (es decir, efectivo por bonos); privatizaciones; Reforma del Estado con cientos de miles de despidos; y cambios regresivos en las leyes laborales.

La ficción de la convertibilidad

La convertibilidad fue el “modelo” que estableció Domingo Cavallo en 1991 para estabilizar los precios. Se sustentaba en una ficción donde la moneda argentina valía lo mismo que el dólar: un dólar igual un peso.

De algún modo, significaba pretender que la productividad de Argentina, un país con una economía totalmente atrasada en relación a los Estados Undios, era asimilable a la del país del norte.

Ese “modelo” se sostenía si la economía era abastecida por un flujo permanente de dólares. En un principio los dólares llegaron por las privatizaciones. Liquidadas las joyas de la abuela, la fuente central pasó a ser el endeudamiento externo, cuyo repago se tornará una carga imposible.

Para evitar el default (no pago) la Alianza hizo el “blindaje” y el “megacanje”, operaciones turbias donde participaron el FMI, el Banco Mundial y bancos internacionales: incluso, Federico Sturzenegger, el primer presidente del Banco Central de Maurcio Macri, por entonces funcionario de la Alianza, tuvo una causa judicial por aquellas operaciones. Pero la crisis no se detenía y en la segunda mitad de 2001 casi todos los sectores empresarios y organismos internacionales le soltarán la mano a Fernando De la Rúa.

La convertibilidad tuvo una agonía de cuatro años desde 1999. Durante los últimos meses de De la Rúa en el poder los grandes empresarios, como siempre, fugaron todos los dólares que pudieron al exterior mientras al pequeño ahorrista lo encarcelaban con el “corralito”.

El capítulo final, el más duro para la población, no ocurrió en el catastrófico 2001. Todavía faltaba más: la fracción devaluadora de los empresarios, compuesta por los exportadores y capitales que abastecen el mercado interno, impuso su salida con el Gobierno de Eduardo Duhalde. Techint, Clarín y otros grupos se beneficiaron con la pesificación de sus deudas.

Con la megadevaluación practicada por el Gobierno de Duhalde, el salario perdió un 30 % de poder de compra en 2002. El porcentaje de personas bajo la línea de pobreza pasó de ser 28,9 % en octubre de 2000 a 35,4 % en el mismo mes de 2001; pero el máximo nivel se registró en octubre de 2002 con una tasa de 54,3 %. El desempleo trepó de 15,4 % en mayo de 2000, pasando por 16,4 % en el mismo mes de 2002, para llegar a 21,5 % en el quinto mes de 2002.

¿Son iguales todas las crisis?

No. La historia no se repite. Cada crisis tiene su especificificidad. Aunque la inflación actual es alta, de alrededor del 50 %, lo cual hace imposible llegar a fin de mes a la mayoría de la clase trabajadora, está bien lejos de aquel 4.923 % de 1989 con Alfonsín.

A Mauricio Macri todavía no le soltaron la mano los organismos internacionales, los bancos ni las privatizadas, aunque hay sectores empresarios que cada vez más abiertamente toman distancia, como los industriales.

Pero la dinámica de acuerdos con el FMI que fracasan e imponen cada vez más ajuste es similar a lo que ocurrió con De la Rúa, no obstante en aquel entonces casi no había inflación. El macrismo va por el segundo acuerdo con el Fondo en menos de un año y ya están circulando nuevos cambios en los términos de lo pactado porque resulta cada vez más evidente que no se alcanzarán las metas fiscales.

Las dos crisis que reseñamos tienen factores en común: alta especulación financiera; pagos de deuda insostenibles; fuga de capitales; confiscación de los pequeños ahorristas y, fundamentalmente, ataque a las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Otro factor común: el peronismo siempre viene a terminar el trabajo sucio.

La catástrofe económica no es un fenómeno natural. Está causada por los dueños del país para mejorar sus ganancias y negocios. Hay que cambiar la receta o nos cocinan a fuego lento.

Aquí abajo se puede ver en vídeo la columna de economía de El Círculo Rojo a través de Instagram TV:

Imagen: Enfoque Rojo



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