Un extraño enemigo y la conspiración diazordacista

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Con motivo del 50 aniversario del movimiento del 68, con bombo y platillo se anunció el estreno de una miniserie en Amazon Prime centrada en el movimiento.

Estrenada de manera simbólica el 2 de octubre de este año, la serie estuvo acompañada por diversos promocionales en redes sociales, plataformas de video como YouTube y espectaculares en el transporte público. Aparece en el marco del cincuentenario del movimiento estudiantil, un momento en el que se han hecho distintas valoraciones y relecturas del movimiento. Lamentablemente, la mayoría apuntan a la institucionalización de este acontecimiento.

Titulada “Un Extraño Enemigo”, consta de ocho capítulos de aproximadamente media hora de duración. Producida por Televisa, con la dirección de Gabriel Ripstein y protagonizada por Daniel Giménez Cacho, fue promocionada como una serie de ruptura dentro de las narrativas construidas en torno al movimiento. Según Carlos Loret de Mola el “argumento es fascinante porque toma distancia de las dos grandes versiones oficiales de los hechos: la del “sistema” que lo quiere ocultar todo y la del idílico estudiantado. Ambas han servido a intereses políticos”. [1] En realidad la serie termina por presentar, aunque con una producción eficaz, una idea vieja: nada en el movimiento hubo de ruptura, sino un lento encaminarse a una masacre premeditada.

La “conspiración” estudiantil

La serie se cuenta con el formato de un thriller policiaco, género que en México ha abundado en los últimos años con películas como Borrar de la Memoria (2010) y Colosio: El Asesinato (2012). Los capítulos se centran en su mayoría alrededor del personaje Fernando Barrientos, quien es el encargado de garantizar la seguridad en vísperas de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos en la Ciudad de México. Dicho personaje es el pseudónimo en la serie del temido Capitán Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de gobernación en el sexenio de Salinas de Gortari y jefe de la policía secreta, la Dirección Federal de Seguridad, durante el sexenio de Díaz Ordaz.

A su alrededor desfilan los personajes de la política mexicana de ese entonces: Luis Echeverría (Antonio de la Vega) y Gustavo Díaz Ordaz (Hernán del Riego), Alfonso Corona del Rosal (Regente del Distrito Federal), Emilio Martínez Manatou (Secretario de la Presidencia), Winston Scott (Jefe de la estación de la CIA en México), Avery Brundage (Presidente del Comité Olímpico Internacional), Fulton Freeman (embajador de EE.UU. en México) y el Gral. José Hernández Toledo. Una constelación de políticos que se apresura a posicionarse para la sucesión en el poder.

En el papel de los estudiantes David —inspirado en Luis González de Alba, dirigente del comité de lucha de la Facultad de Filosofía y Letras— así como Beto —infiltrado que informa desde las asambleas del CNH a Barrientos. Quizá su personaje está basado en dos miembros del CNH: Áyax Segura, agente de la DFS infiltrado, y Sócrates Campos Lemus, quien después de ser arrestado el 2 de octubre delató a varios de sus compañeros.

La trama comienza con los preparativos del gobierno para las olimpiadas; se ve al presidente recorrer las instalaciones olímpicas en construcción (como la Alberca Olímpica Francisco Márquez) y al regente del DF explicándole los detalles técnicos. Mientras tanto, ocurren sabotajes y asesinatos tras bambalinas de funcionarios de gobierno. La serie da a entender que se hacen por orden del “Comandante” Barrientos, ya que en la prensa se anuncia la iniciativa de ley de desaparecer la DNS. En ese sentido actúa para evitar que pase dicha iniciativa y que por, el contrario, el gobierno se dé cuenta de la necesidad que tiene de mantener la institución para la preservación del orden.

Recreadas están las escenas de la ya mencionada marcha del 26 de julio, la refriega de la Ciudadela tres días antes, el “bazucazo” a la Prepa de San Ildefonso, la ocupación de CU, la Marcha del Silencio, las broncas del movimiento estudiantil con la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos y algunas sesiones del CNH en el auditorio Che Guevara, pero estas escenas ocupan un papel marginal en la trama, centrada en la conspiración por las alturas.

Durante el transcurso del movimiento del 68, la prensa oficialista (que era la mayoría de la prensa del país, salvo medios críticos como el Excélsior en aquella época) criminalizaba a la juventud. El gobierno y sus agentes sostenían que se trataba de una conspiración “antimexicana” orquestada desde el extranjero: Díaz Ordaz alegando que era de índole comunista, mientras que otros, como Vicente Lombardo Toledano, aseguraban que la CIA se encontraba detrás de los disturbios.

Si 50 años después no se puede afirmar que efectivamente había un complot extranjero o comunista para desprestigiar las olimpiadas, ahora presenta a la Dirección Nacional de Seguridad (sustitución de la serie de la Dirección Federal de Seguridad) como la instigadora de los primeros choques al estar los hombres de Barrientos junto a los porros de la FNET entregándoles dinero a cambio de que causen destrozos cerca de la Ciudadela. El movimiento del 68 habría sido sólo una palanca para poder acceder al poder, un acontecimiento calculado para desestabilizar la situación en beneficio de una facción gobernante.

En el retrato de la lucha callejera del 26 de julio de 1968, cuando la marcha conjunta de politécnicos y universitarios de izquierda al Zócalo terminó en una refriega con el cuerpo de granaderos, se da a entender que dicha situación habría sido orquestada por Barrientos para generar una provocación. Se ve a los empleados de basura del Departamento del Distrito Federal dejar los basureros llenos de piedras desde la mañana. Una narración de los hechos que ya relataba Poniatowska. [2]

EL único momento en el que el movimiento aparece con una subjetividad autónoma es un acontecimiento del que no se tiene registro: cuando en la Marcha del Silencio, porros y agentes de la DNS al servicio de Barrientos intentan ingresar a un contingente estudiantil para provocar a los jóvenes y, gracias a la organización estudiantil, tienen que abortar su misión.

Intrigas tras bambalinas

En la serie vemos a Barrientos sostener diálogos con diversos personajes. Se le ve con el embajador soviético para conseguir armas, así como con el embajador Freeman y con Scott para mantener el apoyo de la CIA y EE.UU. Asimismo, la declaración de las organizaciones patronales para presionar al gobierno para ponerle freno al movimiento estudiantil sería provocado por chantajes de la DNS al presidente de la COFEDI.

La serie concluye el 2 de octubre de 1968 (el capítulo titulado Operación Galeana, en referencia al nombre código del operativo de ese día en la Plaza de las Tres Culturas). En dicho capítulo, se ven los preparativos del mitin, la ocupación de departamentos de Tlatelolco y de la torre de la SRE, las filmaciones ordenadas por Echeverría y la masacre misma, que habría sido provocada por una operación paralela de Barrientos. Los francotiradores del edificio Chihuahua habrían actuado bajo sus órdenes para herir y matar soldados, repitiendo la tesis de que el ejército “fue también víctima de la masacre”.

Se retrata a los soldados avanzar sobre el costado norponiente de la plaza en el corredor frente a la entonces Vocacional 7 (contrario a lo que toda la evidencia fílmica de ese día muestra), al tener la señal de la bengala verde la orden para avanzar; mientras, los hombres de Barrientos esperarían la bengala roja para ejecutar su operación. En la refriega se ve al Gral. Hernández Toledo caer, así como a un soldado llamado Ochoa, mientras que otros soldados tratan de evacuar a los estudiantes de la explanada.

Sin embargo, si bien es cierto que la cadena de mando se rompió al caer el Gral. Hernández Toledo, el actuar del ejército también fue contradictorio. Aunque hay testimonios donde los soldados ayudaron gente a escapar de las balas, otros muestran la saña con la que cayeron con los estudiantes. Fotografías de muchachos siendo jalados del cabello, así como los testimonios del SEMEFO dando cuenta de diversas muertes provocadas por objetos punzocortantes (presumiblemente bayonetas).

En última instancia, Un Extraño Enemigo repite la tesis sostenida por García Barragán de que el ejército fue víctima de una trampa, una “traición militar” como lo describiera en sus memorias póstumas. El estudiantado no es un sujeto político independiente desde el inicio, sino un ente pasivo que se deja llevar por las maquinaciones de los políticos que actúan en las sombras y a los que el movimiento se les sale de control.

Repetir estas posturas lleva a que el movimiento del 68 no sea esa expresión de hartazgo popular y sobre todo juvenil al autoritarismo del régimen priísta. Tampoco explica la masividad de éste. En la película de Jorge Fons, Rojo Amanecer (1989), esa tesis aparecía en boca del personaje de Héctor Bonilla:

“¿Saben lo que se dice en la oficina —gente que sabe de política—? Que “El Movimiento” lo están organizando algunos grupos de gentes del gobierno para moverles el agua a los candidatos presidenciales. ¡Y ustedes ahí van como idiotas a caer en el juego sin saber todo lo que hay detrás!”

La diferencia entre Rojo Amanecer y Un Extraño Enemigo es que la primera ponía esa tesis en la boca de un personaje conservador: el del padre que quiere disuadir a sus hijos de sumarse a la rebelión. A ésta se le opone la del movimiento estudiantil representado por los hermanos Bichir, quienes responden que sólo quieren que se resuelvan sus demandas.

Un Extraño Enemigo ha descubierto ahí el lado “oculto” y “desconocido” del 68: mientras los jóvenes “ganaban las calles”, la DNS generaba provocaciones para impulsar la carrera de Echeverría y permitir que el “dedazo” presidencial cayera sobre él. Mientras, los manifestantes, “jóvenes manipulados”, caminan ciegamente a su propia inmolación.

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[2] “Según varios estudiantes, entre ellos Luis González de Alba, de la Facultad de Filosofía y Letras, por una extraña y curiosa coincidencia —¿o sería casualidad?— había piedras en los botes de basura, esperando a un alma caritativa que hiciera uso de ellas. ¿Desde cuándo los capitalinos tiran piedras en los basureros?” Poniatowska, E. La Noche de Tlatelolco, México: Ediciones Era, p.275



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