Un Ska-P que dejó aires de rock y revolución

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Crónica de la vuelta a Argentina de una de las bandas contestatarias más influyentes del mundo, en una noche pasada por agua, con gestos políticos contra Macri, pañuelos verdes, el recuerdo de Santiago Maldonado y un grito unánime por la clase trabajadora.

“Tremendo chaparrón que estuvo a punto de suspender el concierto, nos queríamos morir”. Con esa frase ilustraba el Instagram oficial de Ska-P lo que había pasado el viernes a la noche. Desde temprano, miles de personas se fueron acercando al predio Punto Único, pegado al Estadio Único de La Plata, mientras a lo lejos se veía un panorama climático horripilante. Los relámpagos y los rayos se veían cada vez más cerca de la ciudad de las diagonales. Las nubes que llegaban de frente eran tan oscuras que daban miedo.

Apenas pasadas las ocho de la noche cayó la primera gota. En ese momento estaba “Cadena perpetua” en el escenario, en la previa de lo que, se suponía, iba a ser la vuelta de los españoles a Argentina, después de 5 años.

Ubiquémonos, por un momento, en noviembre del 2014. La situación en el país era cada vez más complicada, después de una devaluación en enero y una oleada de despidos, sobre todo en fábricas de la Zona Norte de Buenos Aires.

Los partidos políticos tradicionales empezaban a discutir la agenda del futuro: leyes “antipiquetes”, o la necesidad de aumentar el presupuesto en “seguridad”. Se iba imponiendo la coyuntura electoral y se sabía que el siguiente presidente no sería otro que Macri, Scioli o Massa. El panorama era turbio.

Mientras tanto, trabajadores y trabajadoras de fábricas como Lear, Donnelley (hoy Madygraf bajo gestión obrera), Gestamp, Worldcolor, Tatsa-emfer y Kromberg, por nombrar algunas, salían a enfrentar despidos y los primeros embates del ajuste. La represión desatada por el kirchnerismo -de la mano de Sergio Berni- fue tan característica de esos meses como la valentía de esos obreros y obreras que cortaban la Panamericana y tenían como lema “familias en la calle nunca más”. Defendían sus puestos de trabajo y resistieron gases, palos y balas de goma de la Gendarmería Nacional.

En medio de ese clima, la banda de punk-rock española Ska-P vino al país presentando su disco “99%” y llenó el estadio de Ferrocarril Oeste en el barrio de Caballito. Miles de jóvenes cantaban a los gritos contra el capitalismo, por la revolución y por la clase obrera.

Protagonistas de las luchas de Lear y de Donelley subieron entonces al escenario para hablarle a toda esa gente y difundir la pelea. Se respiraba rebeldía y ganas de libertad.

Pero desde aquel último recital pasaron cinco años y muchas cosas. Y el pronóstico turbio se transformó en tormenta. Las cortinas de agua que inundaban La Plata a eso de las 20:15 parecían un mensaje claro: “el recital no se hace ni por casualidad”. Con solo cruzar el boulevard de la Avenida 32, ya estábamos todos completamente empapados. Mientras íbamos caminando hacia el predio, veíamos una fila enorme de gente saliendo. “-¿Che, se habrá suspendido?-” preguntamos. Pero nos decían que no, que igual se hacía.

Entramos y la situación era un poco catastrófica. Había asistentes en el escenario con secadores “barriendo” agua para abajo. Al rato bajaron una viga con luces y les empezaron a poner bolsas de residuos encima. Además, avisaron que había un problema técnico con la batería y no se escuchaba. El panorama era un fiasco. Parecía que la espera iba a seguir. Más de uno nos acordamos de aquel fallido recital en el Club Ciudad de Buenos Aires, en el 2008, cuando Ska-P volvía después de otro parate de 3 años. La tormenta en ese momento obligó a cancelar el show. Fue todo muy frustrante.

Unos días después de Ferro en 2014, el cantante de la banda, “Pulpul”, había anunciado que cancelaban el resto de la gira y que, por el momento, entraban en un parate indefinido. Primero se habló de una gripe, pero lo cierto es que el vocalista y guitarrista de Ska-P estaba sufriendo de “tinnitus”, una enfermedad en los oídos que le hacía imposible tolerar el sonido normal de un recital. Parecía el fin de la banda.

El grupo de amigos había empezado en Vallecas, Madrid, en 1994. Eran de izquierda y habían decidido hacer música, pero con la premisa de que las letras -al menos la enorme mayoría de ellas- tuvieran un contenido anticapitalista, en defensa de la clase obrera o, por ejemplo, por la liberación sexual y la legalización de las drogas. Siempre marcando quiénes son los enemigos de las grandes mayorías: los empresarios, la iglesia, los políticos tradicionales, la policía.

Por supuesto, Ska-P no es la única banda que se propuso hacerlo, ni mucho menos. Pero la gran virtud fue que trascendieron. Y en pocos años se encontraron viajando por el mundo, tocando en festivales y llenando estadios enormes, logrando que 30 o 40 mil personas canten al unísono el orgullo “de estar entre el proletariado”, o preguntándose “qué estáis esperando para la insurrección?”. Se convirtieron en una influencia para miles de jóvenes que despertaban a la vida política mientras Bush bombardeaba Irak, mientras el neoliberalismo destruía la vida de millones en América Latina.

Por eso, cuando hace unos meses anunciaron en su cuenta de Facebook que estaban grabando un disco nuevo y que los tratamientos a los que se sometió Pulpul le iban a permitir volver a tocar en una nueva gira, miles y miles de seguidores en todo el mundo festejaron la noticia.

Y también por eso, cuando cerca de las 10 de la noche, ya con el cielo despejado, vimos subir a la banda al escenario con sus pañuelos verdes por el derecho al aborto; cuando escuchamos a Pulpul diciendo “Hola, Argentina”, la euforia fue instantánea: “Olé Olé Olé, Olé Olé Olé Olá, cada día te quiero más, yo soy de Ska-P, es un sentimiento, no puedo parar”. Probablemente se haya escuchado en varias cuadras a la redonda, mientras empezaba a sonar el instrumental de “Poder pa’l pueblo”, como introducción a la emblemática “Estampida”.

Ahí nomás, se escucha en el micrófono: “ustedes tienen un gato…pero nosotros tenemos uno mucho mejor”, y empezó a sonar el clásico de clásicos, “El Gato López”. La fiesta ya era un hecho. No había lluvia que pudiera parar esa locura.

Ska-P vuelve a aparecer en escena en un 2019 donde Trump insiste en construir su muro racista, Macron se enfrenta a la enorme rebelión de los chalecos amarillos en Francia, los trabajadores de las maquilas en México salen a luchar. Theresa May y el Brexit atraviesan una crisis enorme y América Latina sufre un avance importante de la derecha, con fachos como Bolsonaro que quieren profundizar la entrega y la sumisión de los recursos naturales a los imperialistas, mientras persiguen a los LGTB e intentan atacar los derechos de las mujeres.

Por eso se cantó con tantas ganas “no fronteras, no banderas, no a la autoridad, no riqueza, no pobreza, no desigualdad” de la vieja y querida “Mestizaje”. Por eso, que haya sonado un tema como “Colores”, de su nuevo disco “Game Over”, fue una bocanada de aire y un grito rabioso por la diversidad sexual. Y por eso se saltó como nunca cuando sonó “Tío Sam”, contra las guerras del imperialismo yanqui.

A lo largo de más de dos horas pasaron por casi todos los rincones de su discografía. Con varias novedades y gestos políticos. Grata sorpresa nos llevamos más de uno cuando hicieron “El olvidado”, un viejazo del disco “Que corra la voz”.

Antes de tocar “Solamente por pensar”, un tema dedicado a la memoria de “Carlo Giuliani”, un activista asesinado en el 2001 por la policía italiana, apareció en las pantallas la imagen de Santiago Maldonado. El tema fue dedicado a él. Las gargantas se quebraron en esos minutos de cantos desgarrados, llenos de odio a las fuerzas represivas.

Después de pasar por las críticas a la iglesia con “Crimen Sollicitationis”, a la policía con “Romero el Madero” y de gritar por la legalización de la marihuana con el clásico “Cannabis”, llegó el momento más esperado. Ese ratito en el que los miles de presentes nos volvimos a recordar entre nosotros que somos parte de una misma clase, la clase trabajadora, y que nuestro enemigo es el sistema capitalista que nos condena a las peores miserias todos los días. Llegó el momento de cantar “El Vals del Obrero”.

Pero antes de eso, la introducción al himno de Ska-P estuvo a cargo de los trabajadores de Madygraf que, cinco años después, siguen bancando la gestión obrera y se subieron al escenario para contarle a todo el mundo que están enfrentando los tarifazos y que le están exigiendo a la gobernadora Vidal que les dé trabajo, que les asigne una parte de la producción de papel que casi monopoliza el Estado. Con los puños apretados, terminaron gritando “¡Viva la clase obrera, que es una y sin fronteras!”

Como siempre, los españoles repitieron el final del tema unas tres veces. “¡Insistimos!”, gritaban desde el escenario. El público volvía a enloquecer para gritar “resistencia” y “desobediencia” infinitamente.

¿Qué pasaría si esos miles de jóvenes, además de vivir esa fiesta, decidiéramos sumarnos a esas luchas, como la de Madygraf, contra los tarifazos, contra el ajuste? ¿Qué pasaría si decidiéramos organizarnos para terminar definitivamente con los poderosos? ¿No podríamos hacer realidad esa frase de “Vándalo” que dice que el día de la victoria, en algún momento, llegará?

Foto: Julieta Bugacoff



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