Una joven feminista socialista que quiere dar vuelta todo

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Un recorrido por la vida militante de Guada, hija de la marea verde. Un salto entre dos extremos, y la convicción de buscar esa transformación para más mujeres: de pensar que la política no valía la pena, a pelear por cambiarlo todo. De las comisiones de mujeres en el secundario a la presidencia del Centro de estudiantes de Filo.

Las mujeres, y también los varones, desatan los pañuelos verdes, otros naranjas y se secan la cara. Habían sido gaseados por la policía de Larreta. En Corrientes y Callao el Estado hacía una vez más lo que mejor sabe hacer, cuidar los intereses de los ricos. Era el 28 de febrero del 2019 y la multinacional más grande del mundo, si de bebidas hablamos, justifica despidos detrás de una supuesta crisis. La marca de la “felicidad”, ¿les suena?

”Guada, te hicieron mierda…”- Le digo medio tosiendo, el gas pimienta se respiraba en el aire. Ella, toda colorada y lagrimeando.

Minutos antes de la represión, nos preguntamos cómo empezar a escribir sobre su generación y el imperialismo. El día anterior habíamos participado del acto del Frente de Izquierda frente la embajada de EE.UU para repudiar el intento de golpe del derechista de Guaidó en Venezuela, apoyado por Trump. Queríamos hablar de la juventud, de América Latina… No sabíamos como empezar, y la calle habló.

“No fue una noche, fueron muchas”

A los 15 años Guada decidió cambiarse de colegio. En la escuela El Taller los rectores, docentes y estudiantes se reunían en asamblea por el 16 de septiembre del 2012, “La Noche de los Lápices”. Denunciaban que las dictaduras había sido comandada por Estados Unidos a lo largo y ancho de Latinoamérica. Escuchó por primera vez, que las grandes empresas, sobre todo las multinacionales, tenían centros clandestinos de detención en sus fábricas. El llamado “Proceso de Reorganización Nacional” había venido a poner al país bajo el interés del gran capital local e imperialista.

“Fue el despertar de una adolescencia indiferente; empecé a entender qué había sido la dictadura, que no era como te lo pintaban un par de militares descolgados contra los ciudadanos en general, sino que querían matar a una vanguardia obrera y de jóvenes que luchaba por un mundo mejor, sin injusticias”.

A Guada se le entrecorta la voz. La bronca y el odio comenzaban a crecer.

“Fue un quiebre importante, romper con una idea escéptica de la política. Y ese escepticismo se empezó a transformar en bronca y en decir que no dieron la vida en vano, ¿qué tenemos para aprender de esa experiencia?”

Conocer la historia se tornó en acción política, y ese año marchó por primera vez, pisó las calles porteñas como nunca antes lo había hecho. Otros 150 pibes de su escuela, hicieron lo mismo. Sostuvo un cartel con la frase “no fue una noche, fueron muchas”. Su vida, había cambiado para siempre.

En su anterior escuela, le habían hecho tragar un verso, -¿a cuántos jóvenes más?-. Es que los planes del imperialismo yanquee en América Latina, no pasan sin barrer la memoria de quienes osaron cuestionar un sistema podrido, la memoria del Cordobazo, la Revolución Cubana, las coordinadoras fabriles.

Hace unos días, Myriam Bregman en una asamblea de Pan y Rosas citó a Rodolfo Walsh: “los dueños de todas las cosas, son dueños de la historia”. Para Guada, esos dueños del mundo no la tienen para nada fácil.

Por eso quienes se beneficiaron con semejante genocidio, tienen que repetir el verso como un mantra en los oídos de todas las generaciones posteriores, en las escuelas. Los dueños del mundo tienen la necesidad de contar otra historia. En el 2016, a 40 años del golpe militar, Obama pisa la Argentina para rendir homenaje a las “víctimas de la guerra sucia”. Así fue como llamó Videla a su hazaña. Y así lo repite Macri en su primer año de gobierno. Cuentan una historia que reactualiza la teoría de los dos demonios y niega el genocidio.

Tenían que descabezar a la clase trabajadora para pisar fuerte en el Hemisferio Sur. Es que en los ‘70 hasta la palabra socialismo había llegado a pintarse en las paredes. Y hoy, un fantasma acecha amenazante a los líderes mundiales.

“Estados Unidos nunca será socialista”, anuncia Trump desde el corazón de la potencia mundial más rapaz de la historia, hace tan solo unas semanas.

Guada lo mira en la tele indignada. Del otro lado, existen escuadrones de periodistas, empresarios y medios de comunicación, para quienes los jóvenes son un blanco para calcular negocios rentables. Las generaciones millenials y centenialls son eso, potenciales ganancias. Guada todos los días se levanta pensando en cómo construir una juventud que tenga el valor de escupirle a Trump y a Lagarde en la cara. Porque los pibes y pibas como ella padecen este sistema como ninguna otra generación.

8 de marzo, Zanón, y los comienzos de un camino militante

Sus primeros pasos militantes fueron en el centro de estudiantes de la secundaria. Las pibas no usaban corpiños, y los preceptores les tiraban el código de vestimenta por la cabeza, “la palabra santa”. Guada se crió en un hogar religioso, su nombre y el de su hermana Lourdes, lo dejan clarito. Pero ella es parte de esa generación que cuestiona hasta la palabra del “Santísimo Papa Francisco”: junto a compañeras y docentes, discutieron el código en una comisión de mujeres, y lograron su reformulación.

Fue un 8 de Marzo cuando marchó por primera vez en la columna del PTS. El hermano de su amiga las había invitado. Muchisimas trabajadoras cantaban “somos la juventud que tiene a Zanon como bandera”. El bichito picó y preguntaron qué era Zanon.

”Yo era antisistema pero no veía una salida a todo lo que veía mal. Facu nos explicó que los trabajadores podían poner a producir una fábrica y que no necesitaban a sus patrones. Y que con el gobierno era lo mismo. Los trabajadores podían gobernar y no necesitaban a los políticos burgueses que siempre nos terminan cagando y que sostienen y reproducen este sistema.”

Conocer la experiencia de les trabajadores la marcó. Esa comisión -que fue una de las primeras en existir en un colegio-, tiempo después se llenó de vida obrera: comenzaron a participar trabajadoras del Indec, del subte.

Era su último año de secundaria. Le mintió a su vieja y se “hizo la rata” de la escuela para ir a bancar a los trabajadores despedidos de Lear, cuenta su hermana. Como al comienzo de este relato, otra multinacional. La felicidad te la debo. Y la respuesta también se vió en la calle: otra vez gases lacrimógenos, gas pimienta. Esta vez balas de goma, pero sobre la Panamericana y bajo el gobierno de Cristina Fernández.

Había presenciado la saña de la gendarmería comandada por Sergio Berni y a los 18 años entendió para qué existen las fuerzas represivas y el Estado: garantizar las ganancias a los empresarios y obligar a los laburantes a bajar la cabeza. Su vieja preocupada mirando la tele. Mientras tanto en las asambleas de la escuela ”se empezó a pudrir”; aparecían las primeras diferencias con algunas estudiantes, quienes apoyando políticamente al kirchnerismo, se paraban del lado de la empresa buitre de Lear, y cerraban la boca frente a la represión.

Su primer trabajo, fue otro factor que la convenció de que el kirchnerismo no es alternativa para la juventud.

“¿Algo más?”- pregunta Guada a una clienta de la panadería, dibujando una sonrisa.

“Qué más, se dice”- le grita desde atrás, bien mala onda.

Es que la jefa tenía la teoría de que preguntando así, se vendía más. A Guada la despidieron a los 3 meses. Ahora el olor a panadería le genera náuseas. La cadena Delicity era una de esas Pymes a las que tanto homenajea el kirchnerismo y el peronismo cuando de unidad se trata. No son grandes empresas, pero no por eso dejan de precarizar y exprimir a la juventud para aumentar sus ganancias. Con ellos, ni a la esquina. Sostienen la precarización que cada día implica más miseria.

Hace un tiempo Christine Lagarde desembarcó en la Argentina, invitada por “el gato” Macri a a la fiesta financiera, a nadar en un mar de dólares que significan penurias para las grandes mayorías. Cada peso argentino que se lleva el FMI, es un peso menos para los medicamentos de nuestros abuelos y abuelas, para que los y las pibas del conurbano accedan a la universidad, para crear refugios para las mujeres víctimas de violencia; en fin, para todo lo que tiene que ver con nuestras vidas.

Vamos a renegociar la deuda, dicen Cristina y Kicillof, con bizcochos de por medio. El escenario electoral los llama a representar el papel de opositores; discursivamente lo cumplen. Pero cuando Lagarde les sopla en las orejas, los intereses de la burguesía nacional y extranjera para la que gobernaron en la “década ganada”, la careta se cae: sólo quieren volver al poder para administrar lo poco que quede, después de pagarle al FMI.

  • “Hay que decirlo: nos hambrean, nos despiden y nos hacen pagar con lágrimas y sudor las crisis que ellos mismos generan. ¿Les parece poco? ¿Les parece que nos faltan motivos para querer terminar con este sistema y a todos sus políticos?” plantea Guada, muy indignada en una asamblea por el 8 de marzo. No se resigna a una deuda impagable. Construye día a día, la fuerza que puede hacerle frente al saqueo en curso.

    Hoy estudia Lic. en Antropología en la UBA y como presidenta del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras pelea porque les estudiantes se pongan a la cabeza de la lucha contra los saqueadores, junto a quienes realmente pueden torcer el rumbo de una crisis económica sin parangón: la clase trabajadora.

    Con las trabajadoras al frente

    Guada está en una asamblea de mujeres organizada por Pan y Rosas a pocos días del próximo 8 de marzo. Toma la palabra una trabajadora doméstica de Nordelta: “Gracias a nosotras, los ricos tienen la casa limpia, ellos y ellas pueden salir y seguir explotando a más gente” dice con bronca.

    La emoción es tremenda. Pudo graficar en pocas palabras que la fuerza de las mujeres es indestructible, y que el enemigo es gigante: un Estado que legitima y reproduce esas violencias constantemente.

    Fue una lección que habían sacado muchas estudiantes de Filo en la votación en la Cámara de Senadores, en el 2018. Guada y ellas tomaron la facultad para exigir aborto legal, seguro y gratuito. Hicieron vigilia -con frío- y en las calles que lindan el Congreso pusieron una carpa del Centro de Estudiantes, una fogata para calentarse y miles de pines que cientos prendían en sus mochilas.

    El proyecto se rechazó por mayoría. No habían hecho tanto por nada y no iban a dar vuelta la página, solo con las ganas de presentar nuevamente el proyecto. Se llevaban el odio hacia el senado: de pronto era una caricatura de la democracia frente a miles que exigían un derecho elemental. Se llevaron de enemigos a gigantes dinosaurios del tipo PJ, Cambiemos, la UCR. Podía haber una Lospennato, o Cristina que de pronto dejaba de ser provida. Pero no dejaban de ser parte del Jurassic Park. Con ellas y con ellos, las pibas ni a la esquina.

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    Lagarde y Manzur, en la vereda de enfrente

    Hoy en el 2019 el Estado había ido más allá, disciplinando a las niñas que no quieren ser madres. Días antes, Guada insistió en la asamblea del 1 de marzo:

    “No puedo creer que haya compañeras que sigan diciendo que el único enemigo es Macri cuando acá propusimos la denuncia del gobernador Manzur ¡Es una denuncia nacional compañeras! ¡Torturaron a una nena de 11 años! Este movimiento de mujeres tiene que tener bien claro quienes son sus enemigos. Es Macri pero estos tipos también.”

    Ella habla de quienes plantean que el principal enemigo es Macri, pero no la Iglesia, ni los funcionarios peronistas que le niegan a las pibas el derecho a decidir sobre su futuro. Entonces Manzur pasaría a ser un aliado. Kicillof, que se sienta a negociar con el FMI, un aliado. Cristina, que llama a los evangelistas a construir un “peronismo celeste”, también. Guada no quiere que toda la fuerza construida por el movimiento de mujeres sirva para que nuestros enemigos estén en el poder devuelta: ”No es una alternativa federal, es una alternativa feudal en contra de las mujeres y las niñas.”

    Su lugar es en la vereda del frente, junto a las trabajadoras que se organizan en comisiones de mujeres en la cooperativa Madygraf, en la empresa Siam y Coca Cola, que convocan a un corte de calle para empezar el 8M desde bien temprano. El lugar que comparte con miles de compañeras en Argentina y en tantos países es con las más oprimidas pero con una valentía inconmensurable.

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    Como ellas, Guada se planta firme frente a los dueños del mundo. Nos quieren arrodilladas frente a la iglesia, al FMI que sólo promete un futuro oscuro para todas. Pero Guada dejó un mensaje claro y pelea porque se haga realidad en millones de otros jóvenes, como ella. No quiere ser nunca más hija del hambre, de la miseria. Quiere ser hija de la revolución. Y lo grita: “Tenemos que darlo vuelta todo, nuestra generación tiene esta tarea”.



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