Una moza en el G20: crónica servida en bandeja

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Éxito. Triunfo. Histórico. Palabras usadas por la prensa oficial para referirse a la cumbre política “más importante del mundo”. Palabras que rebotan contra quienes vivimos al G20, en carne propia. Lo que no te contaron sobre el show imperialista. Una crónica que le da voz a quienes estuvieron detrás de la escena.

Tanques de guerra; ametralladoras; formaciones de militares; jeeps último modelo (donados por China). Estábamos sitiados. Los mozos bautizaron a la entrada de Costa Salguero, “la frontera”. Las denuncias que recorrían el repudio a la cumbre política eran la pura verdad: la mayor parte del gasto se dirigió hacia la seguridad del predio y la represión de los manifestantes. Desde nuestro lugar de almuerzo y a través de un alambrado, podíamos ver lanchas militares apostadas en el Río de la Plata.

Varias mozas contaron que sus familias no querían que trabajaran allí. Bullrich se había encargado de sembrar miedo en todos los canales de televisión. Cada vez que sobrevolaba un helicóptero sobre la carpa se nos helaba la sangre. Recuperábamos el oxígeno cuando lo escuchábamos lejos. “No podemos ser parte de esto, ni trabajando”, dijo un joven mozo. Estar sirviéndole al club de países que manejan el mundo, nos enfermaba.

El blindaje endeble

Con detectores de metales nos escaneaban cada vez que teníamos que ingresar al salón de Costa Salguero, donde se encontraban los 38 líderes mundiales. En la cocina deambulaban los guardaespaldas de algunos de esos líderes. Temían que algún veneno osara transformar al “histórico” G20, en el “histórico” día en el que se descabezó al imperialismo. Los mozos personales de Putin y Trump llevaban sus propias bebidas y se las entregaban cerradas a la moza, que con guantes blancos las descorchaban y servían frente a los líderes.

Cada movimiento debía ser observado. Putin y Trump tienen las armas nucleares más potentes del mundo. Con tan solo apretar un botón podrían desaparecer poblaciones enteras. Quieren pisar fuerte, pero los “peligrosos” somos los mozos y los cocineros. ¿Por qué será?

Tal vez saben que acá en Argentina ya sufrimos las crisis que generó la deuda externa y que “FMI” es mala palabra. Saben que en el 2001 nos levantamos, como ahora lo hacen los chalecos amarillos en Francia contra el aumento del precio del petróleo. Saben que nuestros abuelos y abuelas son jubilados y cobran la jubilación mínima de miseria votada en un congreso, también sitiado. Nos tienen miedo porque saben que es el humo de sus políticas el que nubla nuestro futuro.

En la conferencia de prensa desde el G20, Macron llamó “violentos” a los trabajadores que se manifestaban en París. En diciembre 2017, Macri llamó “violentos” a quienes enfrentaban la reforma previsional. Deja Vú. Ellos podrán generar guerras, crisis económicas mundiales, miseria, pero nunca serán “violentos”.

“Somos como hormiguitas que nadie diferencia del montón“, dice una moza, cansada de ser un ente transparente con una bandeja en la mano a quien los líderes ni siquiera registran. No se percatan de su presencia. Tampoco nos conocen los periodistas, ni las tapas de los diarios. Pero ahí estábamos, dándoles de comer en la boca en medio de un ambiente tenso por las disputas socio-políticas y por el mudo repudio de los de abajo que apretaba los dientes para contener las ganas de escupirle al imperialismo en la cara.

Trataron de evitarnos. La crónica sobre la reunión del G20 con Lagarde, -que para el gobierno fue como la previa a la fiesta imperialista- había llegado a oídos de los organizadores del G20. Pidieron una investigación para evitar contratar gente que estuviera en contra del FMI, que fueran anti imperialistas. Pedían represalias para la moza cronista y por las dudas, para el resto.

¿Podrían haber encontrado mozos que no tuvieran que forzar una sonrisa al servirles el vino? Asombrada por la ridiculez del pedido, una moza declara: “Tendrían que haberse servido ellos mismos, ¿Qué mozo no está en contra del imperialismo?”

Y sin embargo, para Bullrich, que nos mira por TV, todo el blindaje fue burlado por un mozo con una credencial vieja de un evento del G20 (¡de Julio!).

Los mozos que estuvieron en el Teatro Colón, también estaban sitiados. Denuncian que mientras Macri se emocionaba hasta las lágrimas, la policía los encerró en el sótano, los amenazó con perros y los maltrató verbalmente. Todo por un error de la acreditación. Para la cumbre y para la policía ellos y ellas no tienen historia: tienen manos para servir y “tienen prontuario”, diría Walsh.

No fue suficiente con el terror que ya había creado Bullrich y con las ametralladoras que nos recibían en la entrada: antes de servir el plato principal, los mozos fueron encerrados en la cocina violentamente. Quisieron sacarle los celulares sin garantías de que serían cuidados. Los policías se burlaban y se mofaban de su poder.

Al final de la noche de gala, Macri entró a la cocina para felicitarlos. Los lásers que Bullrich puso sobre nuestros cuerpos una y otra vez, se volvieron a Macri en forma de miradas llenas de odio y la falsedad hecha sonrisa.

La bronca silenciosa que recorrió los pasillos del G20: para ellos los manjares, para nosotros la clandestinidad y el protocolo

El blindaje militar y mediático creaba una burbuja virtual, pero el repudio a los poderosos recorría los pabellones escondido bajo el manto de silencio impuesto por los protocolos del catering y su farsante formalidad.

“¿Qué pensás que va a pasar después del G20?”, le pregunté a una de las mozas que le sirvió a los presidentes: “Seguro que nada bueno, al menos para nosotras”. En el descanso, un mozo opinó resignado: ”En dos o tres años se pudre todo”.

Es que ni los exitosos pronósticos que agitaba la prensa ni lo que veíamos en Costa Saguero pudieron con la oscuridad de un presente estanco para cientos de jóvenes que hoy son mozos, pero mañana no se sabe. Somos los ignorados. Una generación condenada a pagar una deuda que no es nuestra, que es ilegal, que es la ruina de nuestro futuro.

La opulencia, el lujo, los sabores exquisitos no pudieron obnubilarnos. Siempre las vaquitas habían sido ajenas, ¿por qué ahora cambiaría? Mozas y mozos definían a la cumbre como un teatro montado ”para que todo siga igual”.

¿Es picante? Me preguntó un delegado argentino sin mirarme, con los ojos clavados en el lomo al wok. “No sé, no lo probé” le respondí con una sonrisa cargada de ironía. Él levantó y bajó rápidamente la mirada, asombrado, y me dijo, “Eso no vale”. “Y no, pero la vida es injusta”, le retruqué. Es injusta para la mayoría, debí responderle.

¿Nuestro almuerzo? Pebete de pollo. ¿Nuestro desayuno? Facturas que “si las tirabas contra la pared, rebotaban”, graficó una moza, indignada.

La opulencia se mira pero no se toca. Los que no resistimos a la tentación de los manjares ajenos nos escondemos para probar el mismo bocado que ellos. Se sabe que la clandestinidad no tiene el mismo sabor: el protocolo, los ojos del superior en tu boca, atragantan.

El dueño del catering se acercó en un momento y nos pidió que estemos activos, que acomodemos los alimentos. Agitó los brazos enérgicamente para decirlo. “Tal vez no está trabajando desde las 2 am y por eso la energía le sobra”, pensé. Tony agarró un pedazo de pepino del buffet con las manos y se lo comió, no sin chuparse los dedos. “¿Por qué el sí y nosotros no?”, me quejé. “El es el dueño del catering. Hace lo que quiere” me respondió un cocinero.

Glamour vs. Precarización laboral. ¡Con ustedes, el G20!

En el mensaje convocante de EAT Catering decía “paga a confirmar”. En la cumbre más importante del mundo, seguro ganábamos más. Durante la madrugada del viernes, esperando a los colectivos que nos llevarían a Costa Salguero, leí un par de notas para convencerme de que para nosotras, también iba a ser un evento “histórico”.

Al hablar de la cumbre, Infobae decía: “sus miembros representan el 85% del producto bruto global, el 75% del comercio internacional y el 80% de las inversiones globales”.

Si le sumas los tres mil millones invertidos por Macri en el G20, las cuentas cerraban. Pero las burbujas explotan, tarde o temprano: la paga fue de $100 por hora cuando -según el convenio gastronómico en la categoría de trabajo eventual-, nos deberían pagar alrededor de $200.

Dos españoles se acercaron al buffet y los escuché hablar de “la esclavitud moderna”. La abstracción de este concepto se esfumaba en la realidad de los y las trabajadoras de limpieza del G20: la empresa tercerizada Higia les pagaba $69 por hora; dormían en los rincones no alfombrados de Costa Salguero desde el miércoles, para ahorrar las horas de sueño que les hubiera quitado el viaje hasta provincia, por atravesar una capital paralizada; se turnaban para dormir en turnos rotativos de 12 horas; el asueto no era un plus monetario para ellos (ni para nosotros): trabajan de forma estable pero en negro desde hace más de un año, con la eterna promesa del trabajo en blanco.

La vida del obrero es así, sonó en la musicalización de fondo (sí, aunque no lo crean).

Nuestras pésimas condiciones laborales, ¿eran la contradicción de un G20 en el que todo funcionaba “a la perfección”? ¿O la precarización laboral de millones de trabajadores era la piedra filosofal sobre la que se apoyan sus grandes proyectos económicos?

En el “histórico” G20 ovacionado por la prensa, trabajadores y trabajadoras de limpieza no tienen cubierto su almuerzo ni desayuno, ni merienda. Tienen que esperar a que no haya ningún delegado o “shepard” cerca para, clandestinamente, picar algún que otro bocado -con nuestra complicidad, claro está-. Cualquier similitud con las trabajadoras de limpieza de Nordelta, no es pura casualidad. Es la brecha que nos separa. Esta otra cara del G20 existe. Respira bronca y miseria. Se ahoga en proyectos impotentes por una realidad que arrincona a quienes no nacieron en cunas de oro.

Así funciona el G20 que ni Macri ni Bullrich ni la prensa quieren que veas. Las palabras de un mozo con antigüedad en el catering de la elite dominante esclarecen una realidad ignorada: “Vendemos flores y rosas para los de afuera, pero en lo que no se ve, nos asfixian”. Esto es el G20 que no se publica; que no cabe en los renglones de la historia oficial. Esto es la bronca que germinará en una juventud que existe para cuestionarlo todo. Como la marea verde; como los y las estudiantes que enfrentaron de a miles en los últimos meses los ataques de Macri a la educación o la UniCABA de Larreta.

No se va caer. Las leyes de la gravedad no funcionan en un mundo tan podrido. Vimos a los poderosos comiendo en una misma mesa. Aunque se tilden de depredadores entre ellos, están organizados mundialmente, nos llevan ventaja. Hagamos lo mismo. A este sistema de mierda, tenemos que derribarlo.



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