UNCuyo: crónica de la juventud organizada (y la no organizada también)

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Las asambleas interfacultades volvieron a poner en escena al movimiento estudiantil al frente de la organización y la movilización política. Quiénes son, de dónde vienen, por qué ahora. En esta nota acercamos al lector un breve registro de las jornadas de invierno en el ágora universitaria.

El sol se esconde detrás de las montañas escamoteando los últimos atisbos del calor primaveral anticipado. La asamblea espera. Los convocados mantienen el pulso febril de un agitado día que se desarrolla entre clases públicas, debates y expresiones artísticas. Las agrupaciones se disponen. De izquierda a derecha. Troskos, guevaristas, chinos, reformistas, peronistas, peronistas-clericales, peronistas de la nueva ola y la Franja cornejista. Escena típica de la arena asamblearia. Miradas cortadas, gestos adustos, elucubraciones varias sobre el destino de esa juventud organizada. Y de la no organizada también. Centenares de asistentes independientes, fuera de los aparatos. “Che ¿aquel vino con nosotros?”, “Puede ser, es de Artes, me aceptó el panfleto y pudimos charlar un poco. Es medio reformista, pero puede ser. No sé. Bancáme que voy a hablar con él”.

Como bien sabemos, la disposición a la lucha no es una condición inherente al sujeto juvenil. Se construye, se configura, se moldea. Y generalmente, se construye en y por la lucha. Rara vez las filiaciones a determinadas luchas se produzcan mecánicamente. El sujeto no abreva en conclusiones políticas por mera especulación hegeliana para luego adentrarse en las tenebrosas sendas de la acción política. Pero volvamos a la asamblea, que las mociones se acercan, los oradores se impacientan y los organizadores se trepan a la ebullición del ambiente. Cientos de estudiantes se agolpan en la explanada del Rectorado. Alguien abre el fuego. “Solicitamos, antes de empezar la asamblea, que se retire la bandera que está detrás nuestro dado que no representa a todos/as los/as estudiantes que estamos acá”. Palabras más, palabras menos. Inquietante pedido. Apenas unos segundos de espera y el tibio aplauso empieza a calar entre los escrutadores que se encuentran al pie del micrófono para luego irradiarse hacia el resto de los asistentes.

Votados los moderadores del cónclave, empieza el juego. Los estudiantes independientes se estrujan las manos, auscultan a un lado y a otro para ver qué hacen sus pares. Es toda una novedad para ellos y ellas. Es su primera experiencia quizás. Los ojos abiertos y los oídos atentos. A juzgar por sus primeras impresiones, el bullicio, el comentario y los aplausos fungen como balanza inestable que va marcando el ritmo y el horizonte de la discusión. Del otro lado, la militancia. Algunos más forjados en la ilación argumental y el debate público, otros fieles seguidores silenciosos y otros apenas simpatizantes. Y los hay quienes más por agregación personal que por afinidad ideológica, engrosan las filas de tal o cual corriente universitaria. Eso es la militancia, un poco de todo.

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Más jacobinos o más girondinos, las configuraciones militantes pueden oscilar entre aquellos activistas denodadamente comprometidos, enrolados a una ideología (partidaria o no) presentes en gran parte de las luchas –estudiantiles y las no estudiantiles también-; aquellos militantes más distanciados de las estructuras pero muy apegados a las movilizaciones colectivas y de protesta; y finalmente, aquellos que comprenden la militancia en términos más bien “utilitaristas”. Estos últimos disipan toda duda sobre la militancia disciplinada y entregada, para ponderar las retribuciones militantes que puedan obtener a partir de nexos o redes de contacto, generalmente, en la gestión estatal.

Así dispuestos se apertrechan preparados para ser parte de una jornada que promete marcar en la piel a muchos de los presentes. Desfilan por el atril los primeros apoyos. Dos representantes gremiales, aunque sorprendidamente felices por la masividad de la convocatoria, muestran signos de apesadumbramiento en sus rostros y sus posturas. La lucha es larga, demanda mucha energía, mezcla de bronca con desilusión. La alquimia perfecta que busca inyectar en los corazones de aquellos que noche a noche recuerdan batallas pasadas, derrotas infligidas y victorias arrancadas. Luego vienen los representantes de las escuelas secundarias. El pulso de la asamblea vuelve a reverdecer. Dos adolescentes. Las palabras de uno de ellos, quien toma coraje para dirigirse a los expectantes universitarios, se amontonan y se pelean entre sí para llegar rápidamente a los curiosos. A coro los chiflidos y expresiones de euforia sellan la aprobación para con las generaciones que vienen. La construcción de una generación comprometida políticamente no se logra por mera contemporaneidad cronológica.

¿Qué queremos decir con esto?. En general se tiende a pensar que la juventud, en su totalidad, es portadora de una reconfiguración de los sentidos, las prácticas y los discursos per se. Ya adelantamos que los procesos de politización juvenil no están inscriptos en su ADN transicional, por esa razón meramente temporal que les permite disfrutar de la moratoria social que les admite destinar mucho mayor tiempo al ocio, a la recreación, a la formación, entre otras cosas. Esta visión peca de dos sesgos bien marcados: por un lado, un sesgo adultocéntrico y por otro lado, de un sesgo etnocéntrico.

Desde una mirada adultocéntrica, la práctica política juvenil es más bien vista por una porción importante de la sociedad, como una pulsión instintiva hacia la rebeldía, la negación del mundo adulto, el desparpajo o quizás la apatía hacia el futuro que esta por venir. Esta particular mirada, delimita en compartimentos estancos los períodos de maduración, al punto que tal que mira a los jóvenes en tanto “personas en formación”. Así como leyó: son personas que aún no se han realizado como tales. Sólo el mundo de la adultez nos prepara para enfrentar los verdaderos retos de la vida. Curiosamente, este sesgo adultocéntrico cobija entre sus suscriptores a una camada de militantes de otras épocas, adultos ya, quienes cuestionan sentenciosamente los modos en que hoy se participa políticamente. Las comparaciones, tan odiosas que ni hasta el más conspicuo cientista social se anima a hacer, buscan, desde una visión moralizante y altanera, parangonar sus experiencias militantes de los epopéyicos 60 y 70 con las actuales. Todo esto sin dar cuenta de los contextos en los que han sido socializadas unas y otras juventudes, poniendo coordenadas en abstracto o ahistóricas. Desde un punto de vista crítico, quizás sería bueno empezar a comprender a los jóvenes en tanto generaciones que comprenden a los adultos y al contexto histórico-político en el que coexisten.

En cuanto a la mirada etnocéntrica, para no extendernos mucho y volver al ágora universitario, debemos indicar que la juventud no es más que una palabra que designa a un modo de ser joven como el dominante y ubica en los márgenes a otras formas juveniles, que las más de las veces –como la persistencia de los grillos en la noche- resuenan entre los jóvenes de los barrios más humildes, más postergados, caídos en la educación pública y para quienes la juventud actúa como expectativa y no como condición. Prematuramente, son lanzados al mercado de trabajo si es que logran llegar a él. Tropiezan una y otra vez con el silencio estatal. Y así se hacen adultos a los tumbos. Cuenta pendiente será para los sesudos asistentes reflexionar no sólo por los que luchan por frenar el ajuste en educación sino también por aquellos congéneres que no llegan.

Retornamos luego de la digresión para poner en escena una de las muchas curiosidades que esta crónica pretende desanudar y reanudar. Como venida de otra época, algunas consignas encontraran especial resonancia en aquellos viejos militantes que no hacen de sus experiencias un museo y un mármol, sino que se reconfortan con la frescura y reactualización de algunas de sus banderas. “Esta asamblea se pronuncia por la separación de la Iglesia del Estado y por el aumento de la partida presupuestaria en educación en base al no pago al FMI”. Créanme que la oradora que lee a pies juntillas estas declaraciones no repara ni en gestos ni en ademanes de incredulidad. La combinación de las palabras y las oraciones poseen una aritmética casi perfecta. Sintácticamente, ni el lingüista más voloshinoviano podría dar cuenta de la síntesis dialéctica que aquellas palabras concatenadas unas a otras, amarrarían con la solvencia de la simpleza, el laicismo, la educación y la fraudulencia de un acuerdo espurio con un organismo de financiamiento internacional.

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Múltiples mediaciones pedagógicas atraviesan este razonamiento. Los pagadores seriales de la deuda enmudecen ante el estrepitoso aplauso de la multitud. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso no es una tarea nacional cumplir religiosamente, valga la comparación, con las deudas contraídas? Ni siquiera aquellos benjamines que se acercaron de forma silenciosa y por mera volición de prestar el oído se mostraron atónitos ante tal declaración de principios. En la matemática de los especuladores políticos quedó tarea para la casa. Y también en los que risiblemente habían sido invitados a retirarse de la toma del Rectorado por aplicar la genuflexión y el seguidismo que otrora criticaban de los hoy enmudecidos defensores del serialismo pagador.

Verdaderamente, un signo de época. Consignas que hace varios años no lograban perforar ni siquiera el armazón ideológico de la militancia, hoy aparecían con soltura en distintas enunciaciones. Mucho tendrá que ver esta combinación con las intensas, profundas y veladas luchas de los feminismos. La articulación de las tradiciones y las experiencias, como nos recordará un célebre historiador marxista, no nace como el sol, a una hora determinada, sino que está presente en su propia formación. La asistencia de un gran número de estudiantes independientes y las consignas que rompen el techo de la reivindicación meramente estudiantil podrían ser quizás lo más sintomático del momento, del malestar que se respira.

Así las cosas, mientras las infusiones calientes giran de mano en mano, las medidas de fuerza se multiplican, el cerco mediático se rompe y las organizaciones empiezan a tejer su juego. Están quienes ralentizan y matizan sus intervenciones para direccionar y desgranar las responsabilidades hasta el punto de diluir las propias falencias. Los hay también quienes de acuerdo a la coyuntura y al escenario disfrazan de sofisticación táctica acuerdos de cúpulas para no realizar medidas de fuerza en las facultades afines a su signo político pero que a la hora de plantear medidas contra las autoridades superiores universitarias hacen gala de su más inflexible compromiso con la educación pública. “Bueno hermano, pero esos son matices” escucho que dicen por ahí. “Cuan devaluados vienen los matices por estos días”, pienso. Finalmente, en este crisol de posiciones, los hay quienes no comparten ninguna de las estrategias antes mencionadas. No solamente por principios, sino también por métodos, prácticas y estrategias políticas. Quienes opinan que una alternativa no se construye aceptando el régimen verticalista de las universidades, ni mucho menos el manejo punteril y autoritario del “cuando nosotros ocupemos esos espacios, las cosas van a cambiar” como si la lógica de funcionamiento cambiara por el reemplazo de quienes ocupan cargos directivos o de gestión.

Evidentemente, esta última opción, conjuntamente, con la de los independientes aparece como una resistencia al menos en un pliegue: en el principio de escisión. En sentido gramsciano, esto indica una pertinaz posición diferencial de los subalternos que les permite pensarse, aún en las situaciones de hegemonía más impenetrables, como distantes y diferentes de aquellas posiciones dominantes. Los que no se conforman con un discurso deglutido y masticado, los que se dan tiempo a la reflexión, a la crítica. Quizás en esas fisuras y en esos intersticios puedan dialogar quienes se afirman como alternativa. Labor que, siendo la noche quien cubre el telón de fondo del encuentro estudiantil, quedará para la siguiente asamblea o la próxima lucha.

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