Violencia machista, justicia patriarcal y desvío psi

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A propósito de un caso de violencia machista y la utilización de la salud mental como desvío del eje de los problemas.

A Rodrigo Eguillor le hacen pericias psiquiátricas y psicológicas. Algún primer trascendido dijo que es megalómano, manipulador, que proyecta, que delira.

Luego lo liberaron con el argumento de que tiene “una patología que no requiere internación”. En entrevistas televisivas dice que la mujer que lo denuncia “no estaba bien psicológicamente, estaba psiquiátrica”.

En su defensa tras los videos dice que si ofendió a alguien lo disculpen, porque era un chico bajo mucho estrés. Psiquiatras reconocidos recorren los canales de televisión dando su visión sobre Eguillor.

Queda naturalizado que se hable en términos psi durante la repercusión mediática de un hecho. Nada es ingenuo: parece un intento de desviar el tema para discutir lo que no es importante. Y el sistema judicial avala el intento de pase de magia. Veamos e intentemos sacar la psicología del medio, que en estas situaciones no tiene nada que hacer.

Los trascendidos quieren dejar entrever sin decirlo que se trata de un perverso, un loco, lo mismo da al parecer, con la carga social que eso tiene. El parte final habla de patología, pero se cuida de dar un diagnóstico, porque según la Ley de Salud Mental no es lícito darlo.

Cualquier psiquiatra, psicólogo o psicoanalista sabe que el diagnóstico no alcanza. Y aunque no lo sepa, es un observable clínico: un tipo es todo lo perverso que pueda, siempre y cuando el entorno lo avale y lo use para tal fin.

Por eso, por ejemplo, se dice que las fuerzas de seguridad están llenas de personajes que uno podría ubicar clínicamente como perversos: la institución los necesita así y los incentiva. Se les adjudica poca capacidad de reflexión y arrepentimiento ante un hecho y cierto grado de agresividad. Gente que no tenía ninguna particularidad termina torturando o matando y eso se explica porque nunca antes habían tenido la posibilidad social de hacerlo.

Primera lección clínica: el diagnóstico nunca está definido hasta que no haya un acto que lo confirme sin lugar a dudas. La mera entrevista diagnóstica no alcanza.

Venden a Eguillor como “un caso de manual”, si los “partes” mediáticos estuvieran acertados. ¿Qué se nos quiere hacer creer? Se ha visto perversos que llaman a mamá o papá o su jefe cuando se les viene la noche y justifican sus actos como si fuera lo más natural del mundo.

Pensemos en los genocidas argentinos, paradigma de lo que muchos llaman “perversos”. Uno de los cuales llegó a decir “Por encima mío sólo Dios”, como si fuera un sistema integral el que los avala: la religión, la naturaleza, la patria, la clase.

El perverso parecer ser honesto en algo: no entiende por qué se lo condena, si él sólo cumplió con el orden natural y eterno de las cosas. Entonces los crímenes cívico militares quedan (mal) explicados por las características individuales y todos contentos y tranquilos: fueron monstruos, no un sistema. Por el mismo pase de magia se nos quiere hacer creer que el problema es sólo Eguillor.

Valga una aclaración y digresión: se ha dicho de muchos genocidas que eran locos o monstruos. Tal vez fueran clínicamente perversos o psicóticos y es seguro que hoy viven personas que cualquier psicoanalista diagnosticaría como perversos.

Pero para armar un fascismo alemán o un Proceso de Reorganización Nacional no basta con juntar muchos perversos: es necesario un momento histórico particular y que la burguesía no encuentre otra salida más barata. Decimos nuevamente que las características clínicas individuales poco importan, es el momento histórico el que tiene la última palabra.

Sigamos desarmando el “desvío psi”. Eguillor dice que la que lo acusa es un “gato del conurbano”, como la llama, que quiere sacarle plata. Su razonamiento podría ser: ¿acaso no es de clase el problema y él, hijo del patriarcado y de la clase a la que pertenece, no tiene derecho a sentirse agredido? Su posición lo justifica ante sí mismo a sentirse agraviado, porque desde su clase existe la gente bien como él y los negros del conurbano que, encima, son mujeres: una mujer le quiere sacar plata.

Públicamente y al alcance de todos nos da una muestra de una lectura del mundo, calcada de los lugares comunes del machismo.

¿Hay que entenderlo y perdonarlo? Bajo ningún punto de vista, la aparente imposibilidad de reflexión de su parte no resuelve nada (no vengan a querer hacerlo inimputable). Lo que dice tiene bases en el machismo y en su posición de clase.

También en la religión (toda justificación de la violencia contra una mujer basada en su “perfidia” o su libertad sexual tiene un fundamento último en la historia de Eva. Eguillor se encargó de aclarar que en el departamento estaban la chica, él y Dios). La punición sobre un criminal aislado también tiene el componente religioso e higienista de aislar al enfermo-pecador, como se hacía con los leprosos y se hace con los que padecen en salud mental.

No importa ya el diagnóstico y deberíamos abandonar definitivamente la lectura psi en todo el caso. Eguillor, como cualquiera, sólo puede hacer hasta donde el sistema le permita. Se lo puede internar o mandarlo a hacer tratamiento, pero eso no resuelve el problema, porque el diagnóstico no tiene relevancia alguna en un hecho que tiene componentes sociales.

Mientras el objetivo sea el individuo, estamos en un callejón sin salida. Hay que resolver el caso de Eguillor. Pero también hay que organizarse contra el machismo y el capitalismo.

No es casual la recurrencia al sistema judicial, esa casta donde entran la madre de Eguillor, los jueces que dejan sin condena a los asesinos de Lucía con argumentos que hablan de intenciones y buenas voluntades masculinas y defectos femeninos, el juez Lleral. “Llamen a mi mamá (la fiscal)” sería una forma de decir “Llamen al sistema judicial (que va a entender que soy hombre, cheto de plata, gente bien)”.

Y si el sistema judicial puede defenderlo es porque dio sobradas muestras de que defiende con dedicación y exclusividad a los hombres y a una clase.

Pero también es el sistema judicial que emite sus fallos con una cruz cristiana de fondo. Ese dios que amenazó con que vendrá a juzgar los actos individuales, recibe el regalo de una psicología centrada en el individuo.

Ese mismo aparato judicial que gusta de abundar en pericias psicológicas, que gusta de enviar a realizar tratamientos psicológicos como parte de la condena y la rehabilitación. Ese aparato judicial que desvía la atención desde el sistema y las clases sociales hacia el tratamiento individual y aislado. Ese sistema que nos dice: tranquilos, es un caso aislado.

Es Eguillor el tema. Pero primero la clase, la religión y el patriarcado.



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