Violencia patriarcal, victimización y punitivismo: el debate que abrió la denuncia de Thelma Fardin y Actrices Argentinas

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La denuncia por violación de Thelma Fardín contra Juan Darthés, acompañada por Actrices Argentinas, sigue teniendo repercusiones en las redes sociales y en los medios de comunicación. Uno de los debates más importantes que vuelve a estar en el foco del movimiento feminista es acerca de la efectividad o no de la política punitivista o de los escraches, ante la falta de justicia para las víctimas de la violencia patriarcal. Lo mismo sucede respecto del empoderamiento de las víctimas, su revictimización por parte de las instituciones y de los medios de comunicación como también, la imposición social de un rol de víctimas como el único posible para las mujeres, que oculta su histórica y colectiva potencia de lucha y transformación.

La periodista Mariana Carbajal volvió a entrevistar a la antropóloga Rita Segato, quien fue muy solicitada, durante estos días, para aportar su conocimiento sobre violencia misógina. Segato advirtió sobre el riesgo de “despolitización de lo que está sucediendo”, por instalar la denuncia como un espectáculo mediático. “No quiero solamente consolar a una víctima que llora. El punto es cómo educamos a la sociedad para entender el problema de la violencia sexual como un problema político y no moral”, planteó en la entrevista publicada en Página/12.

Sobre la victimización, Rita Segato, añade: “El victimismo no es una buena política para las mujeres. Lo más importante en esta noticia y lo que los medios deberían destacar y repetir sin reserva y hasta con exceso es que quien rescata a Thelma es un grupo de mujeres, son sus pares, sus colegas, sus amigas, sus hermanas en el proceso político que estamos viviendo en Argentina y en el continente: mujer salva mujer y muestra al mundo lo que tiene que cambiar. No hay un príncipe valiente. Hay política, que es más lindo, más heroico y más verdadero. (…). Sin embargo, lo que destacan y repiten es la escena sin límite de la víctima describiendo la agresión y exhibiendo su dolor ‘mariano’”. Y agrega: “Se comprende la emoción reviviendo aquel momento y no debe estar ausente, pero la presentación de una sujeta acusadora solamente a partir de su dolor moral por lo que le ha sucedido –que es lo que los medios mostraron– no debería substituir ni desdibujar o anteponerse a la escena de una mujer que se ha vuelto una sujeta política y por eso denuncia”.

Desde su propia experiencia personal, Thelma Fardín responde, en una extensa entrevista publicada por el diario Clarín: “A mí ya me sanó hablar, pero yo tengo esa fortuna que es la de poder ser escuchada. Es difícil decirle a todas las mujeres que hablen porque tal vez a muchas no las escuchen, en eso hay que insistir, en que nos escuchen, en poder hablar y ser escuchada de esta manera. No sé por qué justo pasó conmigo. Es interesante pensar por qué pasó todo esto”. Su reflexión apunta a lo que también denunció el colectivo Actrices Argentinas en su conferencia de prensa: la existencia de voces silenciadas por la desigualdad de poder, la precarización laboral que no les permite hablar o que sus relatos sean creídos.

Para la antropóloga, hay un fenómeno de politización femenina, que se observa en las calles. “No queremos solamente consolar a una víctima que llora. El punto es cómo educamos a la sociedad para entender el problema de la violencia sexual como un problema político y no moral. Cómo mostramos el orden patriarcal, que es un orden político escondido por detrás de una moralidad”. Cuando se refiere a la singularidad política del orden patriarcal, aclara que la escena de género es una escena de poder. En esa lectura, la violación no remite a una cuestión sexual sino a una relación de poder. Y no tiene ningún prurito en cuestionar fuertemente el desarrollo de corrientes feministas radicales que ven en el “escrache” la única perspectiva. “Cuidado con lo que vengo llamando ‘un feminismo del enemigo’, pues todas las políticas que se arman a partir de la idea de un enemigo caen irremediablemente en el autoritarismo y en formas de accionar fascistoides. El feminismo no puede y no debe construir a los hombres como sus enemigos ‘naturales’. El enemigo es el orden patriarcal, que a veces está encarnado por mujeres”.

Thelma expresa algo similar, que advierte desde la experiencia compartida con el colectivo Actrices Argentinas: “Ese sistema que antes funcionaba va perdiendo poder. Pero no siento que ese poder haya que cambiarlo de manos. Lo que quiero es que construyamos algo nuevo”. Y es contundente: “No creo en el escrache por el escrache, caer en eso es muy peligroso, no creo en la violencia sino en el poder de la palabra”.

Segato, a su vez, reitera enfáticamente la necesidad de respetar el derecho a la defensa: “cuidado con los linchamientos, pues hemos defendido por mucho tiempo el derecho al justo proceso”. También establece una diferenciación entre lo que denomina “linchamiento” y los escraches que emergieron en Argentina hacia finales de la dictadura genocida, como una forma de acción política contra un Estado que no garantizaba la impartición de justicia contra los responsables del terrorismo de Estado. “El escrache, como lo habilitamos en Argentina cuando el Estado se volvió genocida, y en realidad podríamos volver a habilitar ahora, porque constatamos, como en el caso de Lucía Pérez o el caso del jury al Juez Rossi (que había dejado en libertad, a pesar de tener condena por violación, a quien mató luego a Micaela García), que la justicia nos traiciona, se elabora a través de un ‘proceso’, que es de justicia aunque no de justicia estatal. Cuando la justicia estatal falla, otras formas de justicia aparecen, pero no son espontáneas, pues hay deliberación, consulta, escucha, y la consideración por parte del colectivo de que se puede estar cometiendo un error –eso es el contradictorio, eso es el espacio para la posibilidad de la contradicción–. El linchamiento es una forma de ejecución sin ninguna de esas garantías. Es una ejecución sumaria, y extrajudicial en el sentido de que no está sometida a ningún tipo de deliberación, ni estatal ni de la colectividad en cuanto tal”.

¿Educar a la sociedad o transformarla de raíz?

A Rita Segato la anima cierta esperanza en los cambios sociales que estamos viviendo con la emergencia política del movimiento de mujeres: “Los relatos que están aflorando y haciéndose públicos muestran claramente que estamos librándonos de un cierto mandato paterno, patriarcal, cruel, abusador, narcisista y castigador. Y es por la desestabilización de ese mandato que se cambia el rumbo, que se cambia el mundo”.

Claro que, el cambio social radical que pudiera sentar los cimientos para el derrocamiento definitivo del patriarcado, no puede entenderse sólo como un cambio cultural, progresivo, evolutivo, generado por una “educación con perspectiva de género” y nuevos valores inculcados a quienes ocupan funciones en las instituciones del régimen político que, a su vez, son las que legitiman, reproducen y justifican la violencia y desigualdad de género, como la Justicia, las fuerzas represivas del Estado, los partidos políticos que mantienen este orden social, etc. En este sentido, las aspiraciones de Segato –que asesoró al gobierno mexicano en el caso de los femicidios de Ciudad Juárez, como también a la policía de El Salvador donde se contabilizaban altos índices de violencia de género entre sus propias filas, además de la brutalidad represiva de la institución-, resultan utópicas en función de la estrategia reformadora y educativa que propone, desde su lugar de reconocida experta académica en estos temas.

Las mujeres son víctimas de los más sutiles micromachismos naturalizados de la vida cotidiana, de las desigualdades más nimias y más brutales establecidas cultural, política y jurídicamente en todos los ámbitos, como también de grados extremos de violencia y femicidios. No reconocer este hecho innegable conduce a reforzar los prejuicios patriarcales y sexistas. Sin embargo, los discursos posmodernos que parecen exigir el “empoderamiento” subjetivo e individual de las víctimas contra el sistema, también son revictimizantes al establecer quiénes son las “víctimas políticamente okey” y las que no.

Ese paso importantísimo, de reconocer que han sido víctimas de violencia patriarcal, algo que miles de mujeres están haciendo –como puede observarse con solo ver lo que está aconteciendo en las redes sociales en estos días-, que permite salir del aislamiento y el silencio, reconocer la agresión y denunciarla, puede trascender la victimización sólo cuando las mujeres transforman ese dolor y esa bronca personales en la fuerza necesaria para luchar por un cambio social radical, algo que sólo es posible llevar a cabo en un proyecto colectivo.

De lo contrario, el “empoderamiento” individual necesariamente termina en los “linchamientos” virtuales que deplora Segato, propios de lo que ella denomina un “feminismo del enemigo” que cae “en el autoritatismo y en formas de accionar fascistoides”.

Ese proyecto colectivo, si se propone la estrategia de abandonar el lugar de la resistencia o las reformas permanentes que nunca terminan de concretar ese cambio de raíz, deberá reunir no sólo a las mujeres oprimidas por el patriarcado, que constituyen además la mitad de la mayoritaria clase de quienes son explotados. La clase trabajadora que tiene en sus manos el poder de hacer saltar por los aires los resortes del sistema capitalista y, donde las mujeres son el sector más explotado, será un aliado indispensable para las luchas contra el patriarcado como también para acabar con todas las opresiones, divisiones y desigualdades que el capitalismo reproduce y legitima para mantener su dominio, a través de la explotación de las grandes mayorías.



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